Tropicalismo: Lenguaje, latitud y clima

Julio 9, 2015

En el texto que provocó esta discusión, las dos maneras de leer objetos culturales hechos en el trópico son muy precisas. No puedo estar en desacuerdo. Sin embargo, para dar con respuestas propongo ir más atrás de nuestro marco teórico y buscar la etimología de la palabra. Mi principal preocupación deriva del hecho de que el trópico, una “región de la tierra que rodea al ecuador”, no solo engloba a Latinoamérica sino a una porción amplia de Asia y territorios de África (si en el paquete de los subtrópicos incluyéramos a Florida, por ejemplo, entonces también tendríamos que incluir partes de Medio Oriente). Pero este no es un texto sobre inclusión sino sobre mi propia búsqueda para dar con las implicaciones que tienen las palabras. Quizás [el autor Raymond] Carver tenía razón, y debemos arrancar el debate preguntándonos, ¿de qué hablamos cuando hablamos del trópico? Y yo añadiría, ¿por qué?

He cuidado que mi trabajo no se lea a través de preconcepciones geográficas. No obstante, hace unos años acepté formar parte de un foro sobre crítica de arte en Latinoamérica. Pensé que diría lo que tuviera que decir sobre aquella definición para después no volver a hablar sobre ella nunca más. Este artículo es la prueba de que fracasé estrepitosamente.

Durante mi presentación, antes de hablar de crítica de arte tuve que preguntarme qué define a Latinoamérica. Antes de la charla, dije que yo tenía una relación escasa o nula con el término y que, por cierto, deberíamos mantenernos tan lejos de él como fuera posible.

El término Latinoamérica fue acuñado por el editor y político Michel Chevalier en Francia, en la década de 1830, cargándolo de ideas muy específicas. Tras un viaje de investigación a Estados Unidos y México, la idea sugería que una “raza latina” habitaba lo que ahora llamamos Latinoamérica y que, por lo tanto, esta zona debería aliarse con los pueblos europeos de cultura romance y no con la Europa eslava o teutona o la América anglosajona.

Tras su aparición en la prensa, el término fue empleado de inmediato por Napoleón III como un pretexto para invadir diversos países. Entre otras consecuencias importantes, esta decisión impulsó la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México, donde fue instalado emperador. Por fortuna, han pasado muchos años desde ese momento y, cuando uno revisa la popularidad del término a lo largo del tiempo, es evidente que su uso más frecuente (al menos en la prensa) está conectado al interés de otras naciones en esa región, ya sea por motivos políticos o económicos.

Hoy en día, Latinoamérica es una denominación que trasciende sus orígenes. Aunque es iluso pedir que el término deje de usarse, espero que empecemos a preguntarnos cómo fue que una definición inventada con un propósito colonial pudo cambiar de significado. ¿Cómo fue que eso ocurrió y por qué? ¿Quién la adoptó? ¿Quién la usa?

Lo mismo ocurre con el apelativo “el trópico” que, coincidentemente, fue creado alrededor de las mismas fechas. La idea del trópico, tal y como la conocemos, fue establecida en la década de 1830, definida por ciertas condiciones climáticas y limitada por líneas latitudinales trazadas para facilitar la navegación global y la colonización. Antes de eso, la palabra trópico, encontrada por primera vez en el siglo XIV, vino del griego tropikos, en sí una variación de tropos, “un giro”, y la creencia antigua de que el sol cambiaba de dirección durante los solsticios. No obstante, esas clasificaciones técnicas –cinturones trazados alrededor del mundo– tienen muy poco que ver con la imagen cultural que se ha creado alrededor de ellas durante este último siglo.

Tras fracasar en mi meta durante la conferencia sobre Latinoamérica, me propuse crear una exposición que abordara este problema desde una perspectiva distinta. Quizás esta vez la palabra cuyo origen significa “un giro” podría ayudarme a darle una vuelta a las cosas. De modo que hace poco presenté una pieza titulada R.R. and the Expansion of the Tropics en el Perez Art Museum en Miami. Pensé que el espacio y el contexto eran suelo fértil para el desarrollo de la discusión.

De nueva cuenta, mi impulso provino de la conclusión de que hoy, después de décadas de debatir sobre una globalización consciente, una y otra vez me encuentro trazando una relación horizontal con otras estrategias y lenguajes estéticos y conceptuales que no están conectados ideológicamente con producciones del tercer mundo.

Por lo menos en el país donde trabajo, es claro que la industria está interesada en vender (literal, metafórica e intelectualmente) productos que llenan expectativas preconcebidas que los extranjeros tienen sobre obras desarrolladas en esas latitudes. Esa transacción es verdadera, pero también ocurre lo contrario: profesionales extranjeros que creen que prácticas conceptuales son extrañas cuando se presentan en el país donde vivo.

Para crear una plataforma de debate, en la mencionada exposición, traje a la mesa dos elementos nuevos y aparentemente no relacionados: el artista norteamericano Robert Rauschenberg y un fenómeno al que se le ha dado muy poca atención dentro del debate sobre el cambio climático: la expansión del trópico.

Por un lado, quise poner como ejemplo a un artista que ha vivido y trabajado en el llamado trópico más que en cualquier otro lugar, sin jamás haber recibido la distinción de ser un artista tropical. Esto tenía un propósito doble: o todo el trabajo que Rauschenberg había creado al sur de Florida podía ser considerado tropical o lo contrario era prueba de que no todo el arte tropical creado en esa región del mundo intenta ser colorido y conectado con “el deseo y el placer”, por emplear las mismas palabras que usó la provocación de este foro.

Por otra parte, quise abordar el hecho de que el cambio climático ha llevado a los científicos a reevaluar las fronteras globales del trópico. Mucho más rápido de lo que se predijo y sin lugar a dudas a causa de los seres humanos, las condiciones tropicales se han expandido para cubrir una porción amplia del globo, desplazándose hacia los polos. Si permitimos que el cambio climático siga avanzando, como hemos hecho hasta ahora, llegando a los límites en solo unas décadas, el trópico podría convertirse en la norma y no la excepción climática, con mayor cantidad de personas viviendo dentro de un clima tropical que fuera de él. Si esto ocurre, ¿qué definirá la conducta, la subjetividad y otras preconcepciones que se tienen sobre la gente del trópico? ¿Podría esto definirse aún como una sola entidad? ¿Quién será el “otro” en el mundo? ¿La gente del trópico o la del resto del planeta?

Los científicos han hallado los orígenes de estos cambios dramáticos en 1979, el mismo año en que Rauschenberg fue invitado a diseñar la portada de Tropic, el suplemento dominical del Miami Herald. Si el artista pretendía retratar la vida diaria en Florida, el resultado fue más allá. También comenzó una conversación en torno a cómo el término “trópico” había dejado de ser un término científico para convertirse en una clasificación cultural y a cómo la imagen del trópico ha sido construida y usada, así como las expectativas relacionadas al arte hecho en esos contextos.

Esa expansión climática iba de la mano con numerosos cambios políticos en las regiones tropicales: en 1979, el pueblo de Irán derrocó al Shah, y la Unión Soviética abandonó Afganistán tras diez años de guerra. También fue el año en que Florida fue testigo de aquella infame balacera que reveló la forma en que la cocaína suramericana había empezado a traficarse hacia el norte, implicando que la región atravesaba una situación política más compleja. Al yuxtaponer estos temas aparentemente no relacionados, quise plantear que el cambio climático en realidad ha traído consigo una noción más amplia del trópico, una region del globo donde el clima no es lo único que está caliente.

El arte y sus prácticas son precisamente eso: un marco teórico que tiene dos sentidos. Por un lado representa una cierta subjetividad (la del artista) y permite que otros construyan sobre ella, empujando a la superficie un gran número de revelaciones sobre nosotros, al mismo tiempo que las debatimos. Tristemente, algunas preconcepciones sobre la vida en las regiones tropicales del mundo siguen echando raíces cuando se debaten los productos culturales ahí creados. Por desgracia, dado que tanto aquellos que producen como aquellos que consumen aprovechan dichas preconcepciones, es difícil aceptar que hay muchas realidades dentro de esas latitudes.

Si el trópico en verdad “puede empoderar un punto de vista distinto al mainstream ‘occidental’ que domina al mundo artístico global” debemos ser nosotros, quienes vivimos y trabajamos en los trópicos expandidos, los que definan los términos para crear una relación horizontal con el resto del mundo y los que trasciendan esa “mirada exótica colonial” que tantas veces alimentamos sin reparos.