El túcan ciego

Agosto 3, 2020

Patricia Dominguez, Madre Drone (Extracto), 2019–2020. 4k video, audio, loop, 20:51 min. Obra comisionada por Residencia Kiosko, Bolivia y CentroCentro, Madrid.


Tranquilo, el tucán ciego me miraba con su lado izquierdo y me sentía con su lado derecho. Es una máscara mística. Un animal mitológico que ha emergido del incendio de la Chiquitanía y el Amazonas. Una máquina de ver, un monstruo que ve más allá de lo visible.

─El tucán ciego planearía en círculos si lo echáramos a volar─ pensó fuerte José, el dueño del Refugio Biotermal. Su pensamiento resonó en mi cabeza. Me sigue acechando esa imagen.

El tucán ciego llegó el segundo día que ayudaba en el refugio. Esa fecha de septiembre, llegaron varios animales afectados por los incendios de la Chiquitanía, entre ellos un tucán con la cola y las piernas quemadas, cuatro loros hambrientos y un zorro muerto por deshidratación, que no sobrevivió el trayecto al refugio. Tuvimos que devolverlo a la tierra sedienta.

El albergue es un híbrido entre hotel medicinal y refugio de animales. Se armó ante la voracidad de los fuegos y la incapacidad del sistema para cuidar de toda la fauna.

Patricia Dominguez, Madre Drone (Extracto), 2019–2020. 4k video, audio, loop, 20:51 min. Obra comisionada por Residencia Kiosko, Bolivia y CentroCentro, Madrid.

Al tucán lo cuida Darwin, un joven de 17 años. Darwin es un guardián sci-fi involuntario, un custodio de esas tierras y sus multi-especies. Él es uno de los héroes silenciosos de la tierra, con su celular y reggaetón. Le saqué una foto a Darwin y a un loro verde llamado Maléfico. Darwin y el Maléfico exudan verde. Inhalan y exhalan verde, el color que nos mantiene cuerdos. Qué par. Me hace pensar en la teoría de las especies. El último eslabón de la teoría de las especies. Estos animales quemados son los últimos eslabones de la cadena de los afectados por los incendios. Las víctimas del más fuerte. Fucking teoría de Darwin. Ya no queda nada más allá de sus pieles quemadas.

Fue brutal poder relacionarme con estos animales de espíritu salvaje, expulsados de su bosque por el fuego. Una oportunidad única de presenciar sus espíritus salvajes, indomables, ferales. Humanos y animales relacionándose de forma asimétrica debido a la enfermedad y la vulnerabilidad. Enfermos y quemados en sus nuevas jaulas, esos animales recién salidos del bosque aún son libres de espíritu.

El bosque nos deja tocarlo mediante sus órganos quemados. Cuidar al tucán ciego fue mi manera de tocar el espíritu del bosque. De ser escaneada por él, observada. “La tierra juzga por los hechos, no por los colores ni raza”, me dijo Amador, mi amigo curandero que vive en Madre de Dios. En la selva, la otra selva, en el río Madre de Dios, la tierra siente las ofrendas, las palabras, los actos; no ve colores ni pieles.

Al mediodía nos tocó trasladar a los tucanes a sus nuevas jaulas provisorias. Me pidieron que lo sostuviera con mis manos y que lo cubriera con un jockey para que no se escapara. Le puse mis manos encima con cuidado y lo sentí palpitar entero de susto. Todo su cuerpo se estremecía bajo mis manos.

Tucutún, tucutún, tucutún.

Tucutún, tucutún, tucutún.

Tucutún, tucutún, tucutún.

Cerré los ojos y me comuniqué con él. Tucutún, tucutún, tucutún. Palpitamos juntos, él en su terror y yo en mi intento de contenerlo. Nos coordinamos por unos segundos. Nos sincronizamos en silencio. Pude sentir el latir de todo lo vivo a través de esa ave. Sentí el palpitar de la tierra, el palpitar de todos los humanos y mamíferos. Sentimos el agua de nuestros cuerpos. El palpitar y el agua nos unen a todes. Hasta que el último individuo no esté en paz, nadie lo estará. El agua nos traspasa a todos, nuestros cuerpos le pertenecen.

Al tucán le han quemado el lado derecho, el lado masculino, el lado que el capitalismo requiere de todos nosotres. Me guía también el dron, esta máquina infernal que es ahora uno de mis animales de poder. Con su visión penetrante, de máquina, sus sentidos exceden y trascienden la percepción del mundo cotidiano, como dice Peter Adey en su texto Making the drone strange. Son monstruos de visión arcaicos muy distintos a un unicornio o a un zombie. Ahora han mutado al tucán y al dron. ¡Dénme su visión de ave! ¡Otórgame tu visión de dron!

El humo del fuego me siguió de vuelta desde Roboré a la ciudad. El mismo humo de los bosques quemados empañaba nuestros lentes en el balcón de Kiosko, la residencia en donde estaba en Bolivia. Desde ese balcón, podíamos oler las cenizas, el olor a madera quemada, madera ofrendada voluntariamente para agrandar las zonas de producción de coca, para esconder los galpones de producción de cocaína, para dar tierras quemadas a los pobladores del otro lado del país, para comprar votos políticos. Al agrandar la zona cocalera, Evo Morales dejó a mi tucán ciego. ¡Que la ley espiritual sea implacable! Que mi tucán ciego no quede impune.

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Patricia Domínguez, Madra Drone, 2019–2020, video 4k , 20:51 min, still video.

En octubre de 2019 los fuegos de la revolución saltaron de Ecuador a Chile, Colombia, México y este año incluso a Estados Unidos. La palpitación de lo vivo se acelera con el fuego. El tucán palpita, el fuego crepita, el humano es traspasado por su fuego. Es el pálpito del corazón, el sonido de todo lo vivo. El fuego nos persigue en las barricadas, en los saqueos y arrasa con el orden. ¿Es que acaso pensaron que la injusticia no nos iba a tocar en nuestros centros de fuego, en nuestros pulmones energéticos? ¿Que la violencia social o racial no nos iba a incendiar nuestros espíritus?

En Santa Cruz me tocó vivir el paro cívico por 11 de sus 21 días. La ciudad paró para protestar por la reelección de Evo Morales. Cada persona se encargaba de bloquear su cuadra. La Galería Kiosko estaba al centro de la ciudad, estábamos en el corazón de anillos de bloqueo. Cortaron la cadena de abastecimiento, por lo que no había efectivo, ni gasolina, ni comida. Algunos días había recreo y salíamos a comprar la comida que podíamos encontrar. Era poca y estaba cara. Los precios se inflaron en cuestión de horas en el mercado Los Pozos. Había silencio en las calles. Cada esquina estaba bloqueada por sus propios vecinos.

En este presenciar la caída del sistema, tuve por primera vez la sensación de que veríamos estos momentos apocalípticos cada vez más seguido: estar encerrados, tener que salir a buscar la poca comida que queda, estar rodeados de balas y barricadas. Y no me equivocaba. Todo va a arder, país por país, hasta que resurja el nuevo sistema, entre las cenizas de este. Hasta que la última persona en este planeta esté en desigualdad o sufriendo, todos estamos condenados junto a esa persona. Hasta que no se libere el último, todes estamos con él o ella. Es inconcebible que mientras que unos están bien otros viven en miseria. Simplemente explotará. (¿No sé si han leído La parábola del sembrador de Octavia Butler?). Tenemos que entender que estamos juntos en esto. Nos unen lazos cósmicos, como un ser, como una especie. La pandemia ha evidenciado que somos todes un solo cuerpo distendido en Gaia.

Unos días antes del paro cívico, fui a comprar una hamaca para llevar de regalo. El hombre que las vendía me llevó a una sala trasera donde exhibían cientos de hamacas, cada una con su combinación específica de colores. Mientras escaneaba con la vista los patrones disponibles, me comentó que el color verde trae la energía de los árboles, para no volverse loco en la ciudad. Me dijo que era importante irradiarse de verde para mantener la cordura mientras cae un sistema y emerge el siguiente. Ese hombre entendía los hologramas invisibles que expele cada cosa que existe. Y el verde de los bosques es un holograma de vida, de calma.

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Patricia Domínguez, Por una nueva visión, 2019, modelo 3D diseñado por Álvaro Muñoz.

¿Quién te reza, preguntó la Machi?[1] Para dejar que el estallido social te traspase y no te lleve, necesitas que alguien te rece. Para que las balas solo te rocen, para ser invisible, para que desvíen su camino, para conservar tus ojos, tu visión.

En la cosmología andina, los ojos están en la espalda y uno mira al pasado. En la cosmología neoliberal, los ojos son una de las más preciadas “posesiones”, el precio a pagar por asegurar el futuro. El sistema ha atacado la mirada. El racismo y clasismo interno de este país han puesto en marcha la aceleración de la tan pendiente revolución.

A finales del 2019, los protestantes en la Plaza de la Dignidad en Santiago, unieron fuerzas con los punteros láser y derribaron a un dron en un ataque de luz. Más de 400 personas fueron heridas. La mayoría tuvo lesiones oculares, otros la pérdida total de su visión por balas, perdigones y lacrimógenas disparados a sus caras. Son ojos perdidos. Son ojos ciegos.

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Patricia Domínguez, 2019, documentación de la ciudad de Santiago durante el estallido social, fotografía digital.

Los manifestantes usaron los punteros láser como armas de luz, unieron el potencial de enceguecer y quemar de los láseres, apuntaron al mismo tiempo al dron espía y lo derribaron. La lucha social se ha trasladado a los aires, a armas de luz, a la colectividad como contraparte de la vigilancia y el control extremo. Este ‘ataque de luz’ comunitario es un ejemplo de la energía del nuevo paradigma al que estamos entrando, uno de empoderamiento del pueblo, en donde unidos, hacemos una masa crítica tan grande que no hay quien pare las demandas que se piden.

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Patricia Domínguez, Madre Drone, 2019/2020, video 4k, 20:51 min., still video.

Levanto la vista hacia el cielo lleno de luces verdes dirigidas al dron. Siento la presencia del tucán, volando en círculo alrededor del dron, mientras cae.

Recuerdo a un amigo oftalmólogo que ha tratado a los heridos en las protestas de Chile. Él me dijo que el ojo humano ve un rango muy limitado del espectro de la luz, que lo esencial es invisible, que debemos superar la pérdida del sentido visual del otro y recordar que las vidas son posibles de otra forma. Lo esencial no cambia. Alzo una rogatoria a estas aves ciegas para que nos activen la otra visión, la que importa, la que nos permitirá vivir un futuro.

Patricia Dominguez, Madre Drone (Extracto), 2019–2020. 4k video, audio, loop, 20:51 min. Obra comisionada por Residencia Kiosko, Bolivia y CentroCentro, Madrid


Patricia Domínguez (n. 1984, Santiago de Chile). Reuniendo una investigación experimental sobre etnobotánica, prácticas de curación y la corporatización del bienestar, el trabajo de Patricia Domínguez se centra en rastrear relaciones de trabajo, afecto, obligación y emancipación entre especies vivas en un cosmos cada vez más corporativo.


Notas para una Horizontal-ismo: Hacia la posibilidad de construirnos juntos en un ensamblaje, es un proyecto que responde a nuestras muchas emergencias. Como la creciente incertidumbre de habitar un mundo en crisis amenaza nuestra existencia en el futuro, esta iniciativa editorial busca contribuir a la construcción de un pluriverso desde la perspectiva del arte latinoamericano.


[1] En la cultura mapuche la Machi es considerada el vínculo principal entre el mundo sobrenatural de espíritus y deidades y el mundo real y humano (Bacigalupo 2003). Su rol más antiguo y documentado es la curación espiritual y su uso de hierbas medicinales. La función sacerdotal de la machi como orador ante la colectividad es una innovación más reciente. A partir del rol de la machi que se atribuye por el peuma (sueño), subyace su conocimiento especializado de la sanación, a través de enfermedades que son causadas por wekufu, energía negativa, se extirpa el mal que se presenta físicamente en forma de objetos o animales, la machi realiza la ceremonia conocida como machitun. Mariana Muñoz Morandé, “El rol del Machi en la historia del pueblo Mapuche,” Revista Ser Indígena. Pueblos originarios de Chile, 2006.