El mundo, un cántaro quebrado

Septiembre 28, 2020

Kiyo Gutiérrez, A flote, 2020, Performance. Fotografías por Pistor Orendain Pistor Orendain


En la cosmovisión mesoamericana se representa a la Madre Tierra y su superficie florida, por donde corren ríos y mares, como un cántaro de barro rebosante de agua. ¿Qué pasa cuando el cántaro ha sido golpeado una y otra vez? El sonido estrepitoso del resquebrajamiento retumba a diario. Sus grietas se profundizan en la violencia, en las desapariciones, en los feminicidios, y en el persistente y feroz saqueo al planeta.

Hoy el mundo está lleno de incertidumbre, en medio de escenarios apocalípticos que parecen ahogarnos en las aguas de la séptima gran extinción.


I

¿Qué podemos hacer para mantenernos a flote?

Para arrojar luz sobre esta pregunta hay que explorar los quiebres. En América Latina, la historia de la colonización y el saqueo está profundamente entretejida con la historia de la opresión de las mujeres. No es ninguna casualidad que, en la fantasía europea de la conquista y colonización, América fuera representada como una mujer desnuda que reverencia al extranjero blanco. La exuberante, la conquistada, la indígena, la mestiza, la saqueada, la puta, la violada, la asesinada, la chingada.

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Kiyo Gutiérrez, A flote, 2020, Performance. Fotografías por Pistor Orendain

A flote surge a partir del acto creativo y de la invocación de otros imaginarios para encontrar distintas formas de vivir en el mundo. Este proyecto lo conforman una serie de performances in-situ que especulan sobre la posibilidad de presentes y futuros u/dis-tópicos (como paisajes semi-sumergidos, humanos-anfibios, relaciones multiespecies, sequías, aguas dañadas). Se trata de explorar el impacto de nuestra relación con la naturaleza, sus consecuencias y cómo estas moldearán, para bien o para mal, nuestros cuerpos, nuestra vida cotidiana y nuestra comunicación con la Madre Tierra.

Esta obra busca indagar en las nociones de adaptabilidad y resiliencia ante el cambio climático a partir del cuerpo, la materia, el paisaje, las historias que le rodean y las especies que lo habitan. El concepto de adaptación representa un eje fundamental para hacer frente a los cambios que la sociedad experimenta. Nuestra capacidad de adaptación reduce nuestra vulnerabilidad. Conocer las modificaciones y adaptaciones que los sistemas naturales sufren, abre nuestras posibilidades de acción, entender las interacciones entre insectos, el flujo de migraciones humanas y no humanas, la implantación de agroecosistemas, cambios de temperatura y precipitación, uso de suelos y contaminación, entre otros, ayuda a concientizarnos.

La obra fue recientemente accionada en las aguas del Océano Pacífico central mexicano, cuyos mares se encuentran infestados de plástico. Después de limpiar profundamente la playa, confeccioné un velo y un par de guantes con el plástico recolectado. Ataviada así, me planté en el océano, dejándome llevar por el vaivén del oleaje. 

El plástico impacta el ambiente como un organismo vivo y devasta el ecosistema marino. [1] El plástico que asfixia nuestros océanos y playas es el remanente de un producto derivado del extractivismo, cargado de historia, desde su fabricación a partir de combustibles fósiles, su vida útil (a veces de tan solo unos segundos), hasta su desecho. El plástico es mucho más activo cuando llega al mar. Se enreda y estrangula animales. Con el paso del tiempo, la acción de la luz solar y el oleaje lo fragmentan en pedazos diminutos que funcionan como imanes de sustancias tóxicas que a su vez son ingeridas por todo tipo de fauna marina. El plástico llega a nuestras entrañas, pues comemos el pescado que se alimentó del plástico que nosotrxs mismxs desechamos al océano.

El plástico forma parte de quienes somos, tanto por su origen como por nuestra dieta, su existencia está indisolublemente entrelazada con la nuestra. Portar el velo y los guantes de residuos plásticos encarna esta estrecha relación e interpela la pasividad del material. La acción nos enreda en responsabilidades y sugiere que, si bien la distopía ya está presente, repensar nuestra relación con la materia, el paisaje y las especies, más allá de meros recursos explotables, inertes y pasivos, abre caminos diferentes de entendimiento que nos alejan de prácticas consumistas y destructivas.

En medio de la devastación la esperanza se asoma.


II

En mi obra exploro la posibilidad de una historia de alianzas y de lo que la antropóloga Ana Tsing (2015) llama “sobrevivencia colaborativa”. [2] Busco parentescos que a primera vista parecerían inverosímiles, pero que frente a la crisis ambiental se tornan necesarios, vitales y llenos de nuevos significados.

En los últimos veinte años, los monocultivos de aguacate y berries en el estado de Jalisco crecieron exponencialmente y con ello desolaron la tierra y talaron la vegetación. La población de abejas sobrevivientes se enfrenta al cambio climático y a los incendios de miles de hectáreas, muchas veces provocados con la intención de allanar el bosque para abrir paso a dichos monocultivos.

Las abejas han migrado de áreas rurales a las urbes debido al uso de pesticidas. Una de las centenares de colmenas que encontraron refugio en la ciudad está en el tronco de un árbol a la vuelta de mi casa en Guadalajara, donde un enorme enjambre de abejas trabaja sin descanso.

En una acción performática todavía en desarrollo, invito a una abeja reina a fundar su colonia en mi hogar, su nuevo hogar. La alianza se sellará con un performance-ritual. Como símbolo se entregará a la colmena una máscara de mi rostro (el rostro como un lugar liminal que interrelaciona la mente y el cuerpo; el sentimiento y la razón; lo individual y lo colectivo) elaborada de papel que las abejas terminarán de esculpir con cera y miel. La máscara, elaborada a través de la colaboración multiespecie, encarna las porosas y permeables fronteras corporales, cuestiona los binomios cultura/naturaleza, interior/exterior, humano/animal y yo/otrx.

Ayudar y cuidar a las abejas, observar sus procesos y prácticas, escucharlas, olerlas y tocarlas incita aperturas íntimas y esperanzadoras de presencia y responsabilidad multiespecie que nos llevan a reflexionar sobre las interrelaciones que moldean y sostienen nuestro mundo.

Estas obras, pensadas desde una perspectiva ecofeminista, apuntan a visibilizar los profundos vínculos entre la explotación destructiva de la naturaleza y la opresión de las mujeres. [3] El ecofeminismo ofrece alternativas críticas sobre la relación humana con los demás seres vivos y los ecosistemas. Como dice la académica y activista Vandana Shiva: “Tenemos que volver a conectar con la realidad -con la Tierra, su diversidad, sus procesos vivos- y desencadenar las fuerzas positivas de un antropoceno creativo”. [4]Por eso, apelando a la potencia del cuerpo y del performance, lo creativo se vuelve un terreno fértil para narrar otros futuros distintos a la actualidad heteropatriarcal.

Resulta primordial poner el cuerpo en las rupturas abiertas por la inestabilidad, la precariedad y la contaminación. Ponerlo ahí es resistir, pero también es sembrar una semilla en donde germinan ideas que dan lugar a la renovación de debates, la toma de consciencia y la transformación del imaginario colectivo. Los portales que se activan a través del impulso creador y de la acción en el aquí y el ahora, dan paso a formas de comunicación distinta a la narrativa inteligible occidental, capitalista y patriarcal, a la que hemos sido acostumbradxs. El cuerpo es un medio que va más allá de la palabra, y que abre la posibilidad de entender y reconocer otrxs cuerpxs, de construir empatías y afectos y de imaginar otros modelos, en donde lo diferente y lo múltiple conciben nuevos futuros.


III

América Latina es la región en donde asesinan el mayor número de defensorxs de derechos humanos y ambientales. Las comunidades indígenas y las y los activistas medioambientales no pueden ni deben ser lxs únicxs defensores del territorio. Según el último informe emitido por el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), desde el 2012 hasta el 2019, se han registrado 83 asesinatos de defensorxs ambientales en México. [5] A lo anterior, habría que agregar el trato de intimidación, estigmatización y criminalización que sufren lxs defensorxs por parte del Estado, especialmente si se trata de mujeres. Las compañeras que luchan en contra de la minería, la tala ilegal y los megaproyectos, son el blanco principal de ataque, tanto de las empresas y la delincuencia organizada, como de las autoridades, muchas veces coludidas.

Dejemos atrás la lectura silenciosa e invoquemos los siguientes nombres en voz alta:

María Guadalupe Campanur, líder purépecha en Michoacán.

Estelina Gómez López, defensora de la tierra en Chiapas.

Janeth González López, defensora del derecho al territorio y de las comunidades indígenas en Oaxaca.

Otilia Martínez Cruz, activista rarámuri y defensora de los bosques en Chihuahua.

Eulodia Lilia Díaz Ortiz, defensora indígena en el Estado de México.

María Cristina Vázquez Chavarría, activista de la Ciudad de México.

Zenaida Pulido Lonbera, defensora de derechos humanos en Michoacán

Zenaida Pulido Lonbera, defensora de derechos humanos en Michoacán

Ellas fueron víctimas del extraccionismo. Murieron defendiendo el agua, los bosques y el territorio. Esto pone de manifiesto la retracción de las fronteras del derecho y la necropolítica de la cual se alimenta el capitalismo neoliberal.

A tan sólo 10 años para evitar que la situación sea irreversible, [6] ¿cómo mantenernos a flote? Habrá que soltar la falsa promesa de estabilidad y aferrarnos a la balsa de la precariedad y el desequilibrio para imaginar nuestra subsistencia presente y futura. Desde esta balsa, es más fácil vislumbrar la esperanza en el horizonte. Imaginar otros futuros y practicar las artes del vivir-con y morir-con en un mundo herido, pero no acabado, como diría Haraway (2016), es fundamental. [7]

Bajo esta nueva luz, el mundo, nuestro cántaro quebrado, se transforma en un caleidoscopio a través del cual se asoman otros mundos, abriendo así la posibilidad de múltiples historias. El cuerpo, la creatividad, la imaginación y la resistencia, se convierten en una especie de amalgama, como la baba de nopal, que cicatriza, alimenta y aglutina.


Kiyo Gutiérrez es artista de performance e historiadora mexicana. Su trabajo explora la injusticia ambiental, social y política que afecta a la sociedad contemporánea. Trabajando desde el cuerpo busca explorar la potencialidad del performance como herramienta de denuncia y resistencia. En sus acciones, utiliza frecuentemente elementos del pasado prehispánico, y otros medios como el teatro, la danza y la poesía. A través de esta mezcla trata de disolver tabús culturales que han sido construidos bajo un sistema patriarcal. Le interesa erosionar las nociones preconcebidas de naturaleza, cultura, género, identidad, sexualidad y arte con el fin de generar discusiones sobre nuestras complejas realidades sociales.​


Notas para una Horizontal-ismo: Hacia la posibilidad de construirnos juntos en un ensamblaje, es un proyecto que responde a nuestras muchas emergencias. Como la creciente incertidumbre de habitar un mundo en crisis amenaza nuestra existencia en el futuro, esta iniciativa editorial busca contribuir a la construcción de un pluriverso desde la perspectiva del arte latinoamericano.


[1] Charles Moore and Cassandra Phillips, Plastic Ocean: How a Sea Captain's Chance Discovery Launched a Determined Quest to Save the Oceans (Penguin: Nueva York, 2011), 253.

[2] Ana Tsing, The Mushroom at the End of the World: On the possibility of Life in Capitalist Ruins (Princeton: Princeton University Press, 2015), 188.

[3] María Mies y Shiva Vandana, Ecofeminismo. Teoría, crítica y perspectivas (Barcelona, Icaria, 1997).

[4] Mies y Vandana, Ecofeminismo. Teoría, crítica y perspectivas, 28.

[5] Alejandra Leyva Hernández, Cristina García Bravo y José Carlos Suárez Pérez, Informe sobre la situación de las personas defensoras de los derechos humanos ambientales (México:Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), 2018).

[6] Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPPC) 2019.

[7] Donna Haraway. Staying with the trouble. Making kin in the chthulucene (Durham: Duke University Press, 2016), 98.