El mundo del arte brasileño está aquí para quedarse, con crisis económica o sin ella

Enero 27, 2016

No hay duda de que el mundo del arte contemporáneo brasileño sufrirá debido a la recesión que la economía del país está experimentando actualmente. Pero hay un determinismo económico subyacente en el texto provocador de Charlotte Burns que no comparto, y por consecuencia, tampoco comparto su pesimismo sobre el futuro del mundo del arte contemporáneo brasileño. Este determinismo económico reduce fortunas culturales a flujos y reflujos económicos, o, como afirma Burns: 'ahí en donde las economías emergen, el mercado del arte le sigue'.

Por suerte, el mundo del arte no puede reducirse a la economía. Su ascenso requiere de más que el crecimiento económico, mientras que, de manera inversa, sin crecimiento el mundo del arte contemporáneo puede seguir siendo viable. Para empezar, si el crecimiento económico fuera lo único importante, sería difícil entender el comportamiento, muy diferente, de los cuatro países denominados BRIC: mientras que todos han visto períodos prolongados de alto crecimiento económico desde la década de 1990, Rusia en particular apenas ha tenido éxito en convertir la prosperidad económica en riquezas culturales. Pero incluso comparado con China, a Brasil le ha ido muy bien. Es justo decir que el arte contemporáneo brasileño ha ganado mucho más reconocimiento a nivel mundial, a pesar del hecho de que su crecimiento económico, así como el número de ciudadanos súper-ricos, sean significativamente menores a los de China.

Para entender por qué los mundos de arte contemporáneo florecen, la economía no basta. Para empezar, se necesita una perspectiva histórica. El auge que el mercado del arte contemporáneo evidenció en Brasil durante la última década fue sólo el final de un proceso bastante más extenso. Este surgimiento ha sido lento y tedioso, como casi siempre lo es (Europa y Estados Unidos no son excepción en este sentido). Es el resultado de la persistencia, la pasión y arduos esfuerzos de mucha gente, algunos profesionales, otros aficionados, algunos ricos, otros pobres, algunos locales, otros extranjeros, algunos actuando por su cuenta, otros de manera colectiva. Tuvieron que pasar décadas antes de que los frutos de su trabajo pudieran ser cosechados.

Las raíces del mundo del arte contemporáneo se remontan por lo menos un siglo, a la Semana de Arte Moderna, una semana de festejos organizados por un grupo de artistas en 1922, que marcó el comienzo del modernismo en Brasil. El desarrollo institucional del mundo del arte continuó justo después de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de los primeros museos de arte moderno y galerías privadas, y en 1951, la Bienal de São Paulo–la segunda bienal en el mundo. Aunque ninguna de las galerías privadas sobrevive, la historia de algunas galerías de arte contemporáneo de Brasil se remonta a la década de 1970. Mucho antes del auge económico brasileño, galeristas empresariales tales como Luisa Strina, Thomas Cohn o Marcantonio Vilaça lograron crear un mercado para el arte brasileño contemporáneo. Así lo hicieron en tiempos de la dictadura, de corrupción política y de dificultades económicas. La actual crisis no va a ser capaz de destruir lo que se ha construido a lo largo de un siglo.

Otra razón por la que no soy tan pesimista sobre las perspectivas del arte contemporáneo brasileño es el reconocimiento que un número creciente de artistas, tanto vivos como fallecidos, han recibido en la última década por parte de los principales museos internacionales, incluyendo al Tate Modern y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. No es exagerado afirmar que los artistas brasileños están siendo retrospectivamente incluidos en el canon del arte moderno. En Sotheby´s, Christie´s y Philips en Nueva York, obras de artistas brasileños como Lygia Clark, Sergio Camargo, Adriana Varejao o Beatriz Milhazes se venden regularmente por encima del millón de dólares. No hay señales de que las galerías internacionales hayan perdido el interés en representar a estos artistas. Las carreras que han logrado construir los hace menos vulnerables a los flujos y reflujos de la economía brasileña o, en tal caso, a la escena artística local. Este reconocimiento internacional también aplica a las galerías, por ejemplo, el número de galerías que participan en Art Basel supera al de cualquier otro país emergente. Como resultado, su base de coleccionistas ya no es exclusivamente local.

Sin duda, el mundo del arte contemporáneo brasileño tiene sus debilidades, pero no están tan relacionadas con el ciclo económico como sí a configuraciones locales, tales como el rol relativamente débil de los museos públicos del país, que siguen siendo insuficientemente financiados. Como resultado, las audiencias tienen relativamente poca exposición al arte contemporáneo en la forma sistemática que sólo los museos pueden ofrecer, mientras que los artistas tienen pocas oportunidades para exhibir su trabajo fuera de los circuitos comerciales. Para obtener reconocimiento, los artistas por lo general dependen de instituciones extranjeras. Además, los altos aranceles de importación y los procedimientos aduaneros opacos siguen impidiendo que los coleccionistas locales adquieran arte internacional. Así, las galerías brasileñas tienen pocos incentivos para representar a artistas extranjeros, lo que le da un carácter localmente extraño al mundo del arte contemporáneo. Esto, y no la recesión económica, puede ser la verdadera razón por la que galerías extranjeras han perdido algo de interés en el país.