¿Cuál cultura, cuál audiencia?

Septiembre 29, 2015

El público tiene mucha cultura, sin importar qué tanto tenga derecho a ella. Solo en Nueva York (desde donde escribo esto) hay más de ochenta museos e incontables galerías donde podemos ver arte sin pagar una cuota. Hay decenas de cines, además del acceso, a través de Netflix y Amazon, a miles de películas viejas y nuevas, así como series de televisión, tanto en nuestras laptops como en nuestros teléfonos. Y gracias a YouTube y Spotify, también tenemos acceso a literalmente millones de grabaciones musicales.

Así que preguntar si el público tiene derecho a la cultura es un poco como preguntar si en Buffalo tienen derecho a la nieve: tendrán ambas de cualquier forma.

No, lo que generalmente queremos decir cuando hablamos del derecho público a la cultura es que un grupo quiere imponer su dominio sobre ejemplos de cultura muy específicos y muy valiosos. Por ejemplo, el gobierno alemán recientemente propuso una legislación para dar a las autoridades regionales la capacidad de designar obras de arte específicas como tesoros nacionales protegidos si cuentan con más de cincuenta años o están valuados en más de 150 mil euros. Licencias de exportación podrían ser negadas para esas obras designadas. El ministro de Cultura de Alemania dijo en una entrevista: “la nación cultural de Alemania está obligada a coleccionar y preservar su propiedad cultural”.

Pongámosle atención a esa frase. Primero, un público (escogido entre muchos públicos posibles) queda definido: la nación cultural de Alemania. El público más amplio, aquel que nos incluye a nosotros los que estamos interesados en arte pero vivimos afuera de la nación cultural de Alemania, es excluido. No tenemos derecho a esa cultura.

Después describe la legislación como una obligación. Esto no es algo que el gobierno alemán ha escogido hacer; es algo que debe hacer. ¿Por qué? Porque si el público (la nación cultural de Alemania) tiene “derecho” a algo, entonces es deber del gobierno proveerlo.

Por último, lo que el gobierno está haciendo, en beneficio de su público, es “preservar su propiedad cultural”, definida no como las miles y miles de obras de arte y películas y canciones que están disponibles de forma gratuita para todos sino como un subconjunto diminuto de estas obras: las que cuentan con más de cincuenta años y valen más de 150 mil euros. Esa es la cultura a la que tiene derecho este público en particular.

En contra de todo esto, uno podría decir que hay muchos públicos y mucha cultura, y a veces estos convergen. Nadie tiene el “derecho” a él –no nos “pertenece” a ninguno de nosotros–, pero eso no significa que sea menos valioso o digno de protegerse.