Cuernavaca

Las porosas capas de una ciudad

Junio 26, 2015

Hay un árbol, muy común aquí en Cuernavaca, que se llama tabachín (Delonix regia; también conocido como ponciana o árbol flamboyán). Este árbol floreado produce una larga vaina, misma que John Cage usó como instrumento en su composición de 1975 llamada Child of Tree. Esta pieza aleatoria, en la que todos los instrumentos son plantas, incluye un cascabel tallado de la vaina seca de una planta ponciana encontrada “cerca de Cuernavaca”, como dice el compositor en la partitura. Al pasar debajo de un tabachín, no es difícil imaginar a Cage considerando añadir esas vainas a su repertorio, sobre todo si tomamos en cuenta su interés por usar plantas como instrumentos. Cage frecuentemente pasó tiempo  en la ciudad durante finales de los sesenta y setenta. Y durante el siglo XXI ha habido una peregrinación de otras mentes avant-garde a este sitio.

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Árbol ponciana en invierno, s.f. Foto: desconocido

Al navegar Cuernavaca –una ciudad con 800,000 habitantes, a cuarenta minutos de la ciudad de México- no solo voy en busca de cosas culturalmente importantes ocurriendo hoy en día: también atravieso su territorio geográfica y temporalmente. Esto quizás ocurre porque, al manejarla, queda claro que la ciudad ha vivido mejores momentos que este, y eso la hace aún más interesante. Es un lugar donde debemos llenar los huecos, donde debemos ir más allá de su superficie para sentir el flujo de su historia. En ese sentido, muchas veces son los sitios y la arquitectura de un lugar lo que propicia vivirlo de una forma diagonal, y así preguntarnos qué es lo que le permite a individuos pensar de una forma radical. 

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Espectaculares vacíos rodean la carretera entrante a Cuernavaca, fotografiados en 2013 por Mario García Torres

Por décadas, la capital del estado de Morelos ha sido un resort, gracias a su infalible clima soleado –Alexander Von Humboldt la llamó “la ciudad de la eterna primavera”-, y un retiro para intelectuales. John Cage llegó a Cuernavaca gracias a Dorothy Norman, una fotógrafa y editora de Nueva York. Pero probablemente fue la popularidad de Bajo el Volcán, la novela de Malcolm Lowry, publicada en 1947, escrita y ambientada en lo que antes era el pequeño pueblo de Cuernavaca, lo que atrajo a un amplio número de intelectuales extranjeros. Como Norman dijo años después, “Cuernavaca era un sitio internacional… había intelectuales muy interesantes aquí”.

En los últimos años, ese interés me ha traído de vuelta a Cuernavaca una y otra vez. Pasé una temporada aquí recientemente, cuando presenté la exposición en La Tallera, una especie de Kunsthalle en la ciudad, en lo que alguna vez fue el estudio de David Alfaro Siqueiros. Cuando propuse la exposición, tuve que señalar mi interés específico en ese espacio, pues hacía que varios elementos del proyecto coincidieran. El ensayo museográfico, presentado por primera vez en la Bienal de Berlín, está íntimamente relacionado con el compositor avant-garde Conlon Nancarrow, quien se mudó de Estados Unidos a México en los cuarenta y quien rápidamente empezó a convivir con el círculo asociado con los muralistas mexicanos de la época, Siqueiros, por supuesto, incluido. Más adelante, Nancarrow pasaría temporadas en Cuernavaca también, de modo que La Tallera se volvió un lugar donde esas historias se encontraban.

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Arriba: Conlon Nancarrow y Yoko Seigura en su casa en Cuernavaca, en 1987. Foto de Alistair Ridell. Cortesía de la Colección Alistair Ridell. Abajo: La casa de los Nancarrow, vista desde la calle, fotografiada en 2014 por Mario García Torres

Poco a poco, en viajes que llevé a cabo para investigar y preparar la exposición, me topé con varios sitios interesantes que empezaron a dibujar una perspectiva diferente de la ciudad, más allá de aquellos que estaban directamente relacionados con la exposición, como la casa de Nancarrow, la cual busqué en varios peregrinajes. Se dice que aquí fue donde Lowry imaginó Bajo el Volcán, mientras se quedaba en el Hotel Casino de la Selva, al poco tiempo de que abriera, en la década de los treinta. Dos décadas después este espacio se convirtió en un sitio de importancia social y en una marca arquitectónica, en gran medida gracias a las estructuras orgánicas que Felix Candela -un inmigrante español que vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de México- diseñara para el hotel.

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Hotel Casino de la Selva (tal y como fue remodelado en 1956). Arriba: bungalós. Abajo: el auditorio y el restaurante, todos fotografiados en 1994 por Yoshito Isono / structurae.net

El hotel y la mayoría de sus murales -hechos por varios artistas incluidos Siqueiros, Jorge González Camarena, José Reyes Meza y Joseph Renau- fueron destruidos poco después de que la compañía estadounidense Costco adquiriera la propiedad. Si visitamos el sitio hoy podemos desayunar en un restaurante tipo cafetería que está hospedado en una reconstrucción del hotel diseñado por Candela, que ahora ha sido empujado al estacionamiento del supermercado.

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Restaurante California, Lomas de la Selva, Cuernavaca, 2012. Fotografía: Mario García Torres

Por fortuna, el Casino de la Selva fue solo el principio de la peregrinación de Candela a través de Cuernavaca, y dejó detrás de sí un legado de algunas otras obras importantes. En el barrio de Palmira, no muy lejos del viejo hotel, todavía hay una estructura paraboloide hiperbólica, muy impresionante, que alberga a una iglesia al aire libre desde 1958, reconocida como una de las más importantes y técnicamente asombrosas obras de su autoría. En el camino, también se puede ver algunas de las glorietas del barrio, con fuentes esculturales diseñadas en colaboración con Manuel Larrosa y Guillermo Rosell.

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Felix Candela, Capilla al aire libre en Palmira (1958). Desde arriba: fotografiada con andamios, por Dorothy Candela, ca. 1958; capa destruida, fotografiada por D. Candela (s.f.); detalle, foto aérea de Nacho López (1959); Foto aérea de D. Candela (1958)

La capilla en sí merece un texto. Más allá del hecho de que representa un desarrollo importante en el trabajo de ingeniería de Candela, y de que añade un capítulo importante a la historia de la construcción de estructuras de concha, aquí el altar es un sitio que nos permite ver distintos momentos en su historia y percibir la ciudad de una forma diferente. Cuando vemos imágenes de la construcción tomadas por distintos fotógrafos a lo largo de los últimos cincuenta años, queda claro que no solo los árboles plantados en el atrio o el desarrollo del barrio alrededor nos permiten ir más allá de su delgada concha. El hecho de que el edificio que ha sobrevivido por más de cinco décadas no sea su primera versión (la primera versión de la capilla se cayó cuando le quitaron los andamios), implica que los edificios son ideas que trascienden su estado físico, y que es posible que tengan más de una vida, precisamente como la reconstrucción de la otra estructura de Candela en la ciudad.

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Felix Candela, Capilla al aire libre en Palmira (1958). Desbe arriba: Foto aérea por fotógrafo desconocido (1958); imagen en b/n, posiblemente por Nacho López (1959); una tomada en 1994 por Yoshito Isono / structurae.net; y otra por Bruce M. White (2008)

A lo largo de los cincuenta, la ciudad vio a varios arquitectos modernos dejar también su huella. Mario Pani –promotor del estilo internacional dentro del país- diseñó algunas moradas domésticas, no muy lejos de la capilla de Candela. Fue más tarde, en 1963, que el arquitecto mexicano también diseñaría un edificio público: el mercado central. Aunque el diseño original se ha difuminado por culpa de varias modificaciones, este sitio es muy representativo de la ciudad pues se puede ver la variedad del producto regional en venta, pero también escuchamos, por ejemplo, los distintos lenguajes indígenas que aún se hablan en el estado. 

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Mercado Adolfo López Mateos (1963), diseñado por Mario Pani. Fotógrafo desconocido

Si es verdad que la importancia de la religión dentro de la ciudad trajo cambios interesantes, es clave destacar que, en algunas ocasiones, también trajo a personas extraordinarias con miras en el progreso. Al mismo tiempo que se construía la capilla de Candela, el filósofo y cura Ivan Illich fundó su Centro Intercultural de Documentación. Aunque pretendía ser una escuela de idiomas, el centro realmente intentaba documentar la participación del Vaticano en el “desarrollo moderno” del llamado tercer mundo. En mis visitas no pude encontrar ninguno de los edificios relacionados a la empresa de Illich, pero sorprendentemente sí pude hallar el Monasterio de Santa María de la Resurrección, cuya capilla fue diseñada algunos años antes por el arquitecto Fray Gabriel Chávez de Mora. El monasterio es una construcción impresionante. Aunque moderna, la estructura es consciente de su genealogía colonial teológica. Más importante aún es el hecho de que, por algunos años, el monasterio fungió como escenario para la práctica religiosa de Gregorio Lemercier, que adoptó y usó al psicoanálisis. Fue uno de los más tempranos esfuerzos intelectuales por reconciliar al catolicismo con el mundo de la ciencia, y ayudó a desarrollar la práctica religiosa de la Teología de Liberación, o Marxismo Cristiano como le llaman sus detractores. 

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Monasterio Benedictino de Santa María de la Resurrección. Arriba: la vista desde la entrada. Fotografía: desconocido. Abajo: la vista del interior de la capilla del monasterio (1957), diseñada por Fray Gabriel Chávez de la Mora. Fotografía: desconocido

Para mediados de los sesenta el pequeño pueblo de Cuernavaca, como otros alrededor del mundo, había empezado a verse cada vez más rápido como una ciudad, misma que se convirtió en un lugar caótico. Cuando la navegamos se vuelve claro que es difícil saber qué ocurre del otro lado de las paredes. Si llegamos a cruzarlas, sin embargo, generalmente nos encontramos con paraísos soleados para vivir y descansar. Uno de ellos es el monasterio Chávez de la Mora, que desafortunadamente está cerrado y solo puede verse desde afuera. 

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Vista trasera del Monasterio Benedictino de Santa María de la Resurrección. Fotografiado en 2014 por Mario García Torres

Si bien es verdad que la promesa de buen clima todavía se cumple, cuando llegamos por carretera la ciudad parece un sitio industrial, lleno de camiones, sobrepoblada de espectaculares y ocupada por bodegas de fábricas. Parece que aquí las cosas suceden en una escala o íntima o inmensa.

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Datsun Mexicana, Cuernavaca (1966), diseñado por Ricardo Legorreta. Fotografiado por Kati Horna en 1966.

Ese desarrollo comenzó durante los sesenta con el establecimiento de una nueva fábrica de ensamblaje automotriz de la marca japonesa Datsun (ahora Nissan), entre otras industrias. Es notable que la primera compañía no estadounidense en establecer una planta de manufactura en México comisionó a Ricardo Legorreta el diseño de sus oficinas al lado de la fábrica. No obstante, si visitamos el edificio hoy en día, solo encontraremos una imagen de sus alrededores; el diseño del arquitecto ha sido cubierto con vidrio reflejante que esconde la fachada antes semitransparente. Algunos años antes la ciudad vio la construcción de otro complejo industrial más, que hoy también es reconocido en la historia de la arquitectura moderna en México: las oficinas de Cartuchos Deportivos, un diseño moderno del arquitecto Juan Sordo Madaleno.

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Cartuchos Deportivos (1964), diseñado por Juan Sordo Madaleno. Arriba: oficinas. Abajo: la bodega y el edificio de ensamblaje. Fotografías de Guillermo Zamora, s.f.

Durante ese mismo periodo, tras ser liberado de prisión en 1964, Siqueiros comenzó a construir su taller en casa. Lo llamó La Tallera. El taller estaba equipado técnicamente con un sistema para la creación de amplios murales inspirados precisamente en la industria automotriz. El muralista vivió y trabajó en Cuernavaca entre 1965 y 1973. Siqueiros murió un año después y, en 1995, La Tallera abrió sus puertas por primera vez como un centro cultural. Hace poco, en 2012, fue reabierto después de una impresionante y respetuosa renovación que corrió a cargo de la arquitecta Frida Escobedo, cuya mayor aportación consistió en darle la vuelta al edificio y hacer del garage, donde los trazos de algunos murales del tamaño de un espectacular estaban guardados, la entrada del lugar. 

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La Tallera. Arriba: Fotografiado en 2009 por Mario Gallardo Molina. Al centro: fotografiado en 2012 por Rafael Gamo tras la remodelación de Frida Escobedo. Abajo: fotografiado en 2014 por Mario García Torres
  

El muralista no está solo en la lista de artistas que han decidido establecerse en casas y estudios dentro de la ciudad, aunque sea temporalmente. Entre 1987 y 1990 el artista Jimmie Durham vivió aquí, y Cisco Jimenes aún vive en Cuernavaca. Durante principios de los setenta Mathias Goeritz, un artista que participó activamente en el desarrollo de la arquitectura moderna en el país y que también estuvo involucrado en la poesía concreta, tuvo una casa aquí, codiseñada por el artista mismo y Ricardo Legorreta. El otro día, caminando por esos rumbos, intenté tomar una fotografía de la casa tal y como Julius Schulman hizo en 1973. Más allá de los colores de la casa, poco ha cambiado. Un árbol había crecido y el otro había sido talado. La banqueta había sido enmendada. Aún era reconocible el estilo que seguro surgió de la relación entre Goeritz y Legorreta con el arquitecto Luis Barragán. Me remitió a la impenetrabilidad del tiempo y a cómo podemos simultáneamente leer una ciudad y una cultura, en momentos distintos, con la ayuda de algunas pistas.

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La casa de Mathias Goeritz, Cuernavaca, s.f.., diseñada por Goeritz y Ricardo Legorreta. Arriba: fotografiada en 1973 por Julius Schulman, cortesía de Getty. Abajo: fotografiada en 2015, por Mario García Torres

Sin embargo, en Cuernavaca la mayor prueba de esto no es el sitio arqueológico de Teopanzolco sino un edificio posmoderno abandonado. A mediados de los ochenta, el arquitecto Agustín Hernández recibió una comisión para diseñar un centro de meditación que se construiría en Cuernavaca. Conocido por la precisión de su discurso arquitectónico, enfocado al futuro pero también al pasado prehispánico de México como reacción a la arquitectura moderna, Hernández construyó un edificio escultural sobre una de las colinas de la ciudad. Con la forma de una estilizada cabeza de serpiente, este casi utópico espacio (podríamos decir que la construcción es casi un hoyo, con solo un par de espacios habitables dentro) se inspira en la simbología prehistórica para definir sus formas. Encontrarnos con ruinas de construcción escultural filosófica de ese calibre, entre plantas desbordantes y desechos, provoca una meditación no solo sobre la facilidad con la que trascendemos el tiempo a través de historias y lugares sino sobre lo táctil que puede ser viajar.

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Centro de Meditación (1986), diseñado por Agustín Hernández. Fotografiado en 2015 por Mario García Torres