Desenlaces imprevistos para una democracia artificial o Hélas! Un viejo Brasil para el siglo XXI

Marzo 14, 2018

Este es uno de varios artículos comisionados para ser publicados conjuntamente con el Seminario Fundación Cisneros 2018, Disrupciones—Dilemas de la imagen en la contemporaneidad.


En los últimos años, una serie de eventos políticos vienen revelando un Brasil con matices ideológicos y de comportamiento, poco conocidos de su heterogénea composición social.

En 2013 los brasileños presenciaron, con absoluta perplejidad, una revuelta popular sin noticia o aviso previo: una masa de jóvenes estudiantes de clase media, a la cual más tarde se sumó una población demográficamente mayor, tomaron las calles de las grandes capitales para demandar cambios estructurales específicos vinculados al transporte colectivo de bajo costo y a mejores servicios del Poder Público. Aunque inicialmente no parecía haber banderas partidarias específicas, las manifestaciones sucumbieron al fuerte aparato estatal que usó la fuerza para derribar marchas y perseguir a los jóvenes que gradualmente se iban constituyendo en posibles líderes políticos independientes. No había allí alineación ideológica específica, y las demandas llegarían de manera directa a gobernantes de norte a sur del país, sin distinción. Este fenómeno guarda hasta hoy una gran interrogante tanto para los estudiosos como para la población brasileña: ¿qué fue exactamente lo que sucedió con tanta espontaneidad ese año?

La falta de claridad en relación con aquellos episodios tal vez encuentre una explicación en la incapacidad de nuestros académicos y científicos políticos, históricamente alineados a la izquierda –al menos desde el golpe del 64– para comprender que la sociedad brasileña pasó a comportarse con tal autonomía que llegó al punto de ignorar la cartilla política de la complacencia, en un país que se presentaba al mundo como ya resuelto no sólo económica sino también políticamente. En definitiva, para entonces había pasado ya más de una década desde que el PT (Partido de los Trabajadores) gobernaba la nación –así como varios estados y municipios–, y contaba además con uno de los sectores del parlamento con más integrantes, con un proyecto que en aquel momento había comenzado a naufragar en todas las esferas.

A lo largo de los años posteriores al 2013, fueron incontables las ocasiones en que la izquierda partidaria brasileña quiso reivindicar la condición de defensor de las batallas políticas del país, desconociendo manifestaciones y manifestantes que se posicionaron, de manera autónoma contra el ideario político alineado al gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. Y con esto me estoy refiriendo a todas las marchas a favor del impeachment de la presidente Dilma Roussef que reunían, en su flagrante mayoría, a grupos sociales de visión conservadora –aunque no se puede negar que también había allí sólidas partes de la clase media común, trabajadora y no sólo de la alta élite brasileña–. Por otro lado, tampoco es posible afirmar que las manifestaciones organizadas por la izquierda contaran con la adhesión sólida de la población de bajos recursos, salvo de aquella íntimamente involucrada con la lucha organizada sindical y partidaria.

Desde entonces, Brasil vive en una polarización política e ideológica que ha alcanzando niveles de virulencia y barbarie sin límites, ya sea en las redes sociales, en las mesas de bar o en las tribunas de los parlamentos. Sin embargo las clases populares no se han involucrado activamente en estas disputas.

En medio del acalorado debate público en este país, la pobreza alcanza niveles sin precedentes en años recientes, la corrupción se ha propagado en el poder público –si bien es cierto que no dejó de propagarse en los gobiernos de Lula y Dilma y quizás incluso aumentó–, y un nuevo fenómeno social tomó por asalto el debate cultural en Brasil: el surgimiento de las iglesias evangélicas y de un neoconservadurismo de alarmante cariz popular.

Pero ¿qué es lo que hubo en Brasil que no habíamos sido capaces de percibir, o que quisimos ignorar arbitrariamente?

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En 2017, la comunidad artística fue gravemente golpeada por grupos organizados que, deliberadamente, combatieron manifestaciones que colocaron en el debate público temas relacionados con la diversidad sexual. La presentación (o incluso representación) del cuerpo desnudo, por sí solo, motivó que se clausuraran exposiciones y que artistas e instituciones fueran estigmatizados. El detonante de esta cruzada fascista fue la muestra Queer Museo, en Porto Alegre, auspiciada por el Santander Cultural, que al enfrentarse con la férrea crítica del grupo MBL (Movimento Brasil Livre, partidario que promovió el impeachment de Dilma y que es altamente reaccionario) decidió ponerle fin al debate cerrándole las puertas de la institución a la exposición. En ella, Adriana Varejão exhibía una pintura en la que un detalle de su composición mostraba a un hombre que tenía sexo con una cabra (Cena do Interior II); uno de los collages en blanco y negro de Hudinilson Jr. también aparecía en la muestra; y Bia Leche escandalizó al MBL con su Criança Viada Travesti da Lambada. Así como este evento, hubo otros tantos de características similares, como la performance en el MAM - SP en la que el artista Wagner Schwartz se desnudaba delante del público para que éste lo manejara como si fuera un Bicho de Lygia Clark. En aquella ocasión lo que incomodó fue que una niña, autorizada por sus propios padres, hubiera tocado ese cuerpo.

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Adriana Varejão, Cena de interior II (1994). Foto: Eduardo Ortega / Acervo Atelier Adriana Varejão / Cortesia Atelier Adriana Varejão

 

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Bia Leite, Adriano bafônica e Luiz França She-hà (de la serie Criança viada)(2013). Foto: Laura Frais. Cortesía de la artista

 

 

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Wagner Schwartz en su performance "La Bête." Foto: Através.tv/Reprodução

Ante ello, la sociedad brasileña (particularmente la élite intelectual) se preguntó ¿cómo pudo el país tolerar tal censura? Y, además de los casos arriba mencionados, ¿cómo pudo el MBL obtener, en cuestión de días, decenas de miles de firmas apoyando vetar la conferencia de la teórica queer Judith Butler en el SESC Pompéia, mientras pocos se solidarizaron con las instituciones atacadas por brasileños ultraconservadores? Quizás la respuesta resida justamente allí, en el hecho de que se trata solamente de la élite intelectual que reclama de forma contundente la democracia y sus libertades desde la comodidad de sus biografías, más o menos afortunadas. Pero ¿por qué la democracia y los derechos individuales constituyen una demanda expresada públicamente sólo por las élites intelectuales pero pierden fuerza ante la creciente población neopentecostal de bajos recursos, o incluso las clases medias?

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Artistas y la comunidad LGBTQIA+ protestan la clausura de la exposición Queer Museum. Foto de Clara Godingo via Editorial J en Flickr

Me arriesgo a esbozar una posible respuesta para los dilemas que la sociedad brasileña ha enfrentado en el fraccionado y multidimensional contexto político-filosófico del siglo XXI:

Mientras a lo largo del siglo XX hubo una alineación entre élite económica, élite política y élite intelectual en sus muchos y sucesivos proyectos de poder, actualmente hay un patente desbalance en esta ecuación en la que las élites económica y política no tienen ya correspondencia con la élite intelectual. Pues bien, si la dinámica de ocupación del Estado ya había sido lo suficientemente perversa en su proyecto de poder –excluyendo por completo de su ecuación a la voz del pueblo–, hoy se revela aún más nociva.

Por perversa y excluyente que fuera la composición del poder en los regímenes anteriores –incluso posteriores a las dictaduras del siglo XX–, iban consolidándose, verticalmente, de acuerdo con estándares culturales importados de Europa. Es decir, democracia, humanismo y derechos individuales que encontraban eco en el Estado de Derecho, ya fuera en el Viejo Mundo o en América Latina que los heredó través de prácticas neocoloniales. Para las élites, la democracia; para el pueblo, la sumisión a los proyectos de poder de las élites.

Pero aquí es otra la interrogante que se impone: ¿por qué la élite intelectual dejó de formar parte del acuerdo político del Estado brasileño?

Es difícil profundizar en ello dada la falta de espacio, pero me atrevería a articular una posible respuesta: el reciente proceso de consolidación democrática y de distribución de servicios públicos y riquezas no se dio sobre bases reales y transparentes. Tampoco se preocupó por formar una sociedad crítica con acceso a cultura y educación, cuyos valores democráticos se impusieran a las aspiraciones del consumo que impulsaron al mercado a lo largo de las últimas décadas en las que Brasil parecía ser el país del futuro –tal como Juscelino Kubitschek anunciaba con su histórico mote "50 años en 5", cuando gobernó la nación en la década de 1950–. A esto se suma la absoluta falta de calidad de los medios de comunicación masivos, contrarios también a la formación crítica y subordinados a los grandes intereses del capital.

Quizás Brasil haya sido siempre un país preponderantemente conservador como resultado de una historia de constante opresión y, justamente por no haber accedido nunca a la democracia de hecho, no haya podido identificarla como un valor colectivo mayor al cual aspirar.