¡Deporte!

Noviembre 3, 2014

En el debate entre práctica y ejercicio, definitivamente elijo el deporte.

Durante el entrenamiento de fútbol, antes incluso de tocar la pelota, primero corríamos la ruta completa del campo traviesa. Nuestro entrenador iraní corría todo el circuito con nosotros, marchando hacia atrás de manera casual, llamándonos vacas gordas mientras trotaba. No lo estoy inventando—me dijo, en particular, que yo corría como su abuela. No se te olvida algo así. Su risa fácil reflejaba una profunda salud cardiovascular. El juego bonito era nuestra recompensa por tal abuso. 

Al año siguiente, el atlético iraní ascendió a un mejor puesto y fue reemplazado por un estadounidense obeso y amable. Tenía una fijación seria por los portapapeles. Él y sus dos asistentes básicamente se vestían para el softbol, siempre usando pantalones cortos de poliéster con botones y camisas con cuello iguales. Una vez más, no lo estoy inventando. Hablábamos seriamente sobre los porcentajes de clausura. Todo estaba diagramado, y corríamos incesantemente entre varias configuraciones de conos anaranjados. Todo aquello era un ejercicio. Teniendo tendinitis severa en ambos tobillos, yo jugaba este deporte casi a pesar del entrenamiento.

Ciertamente, la gloria siempre estaba en el campo. Allí, tus esfuerzos tenían sentido. Podías tirar un pase y, si salía mal, al menos tu intención se sabía. Le habías dicho a tu compañero de equipo: Ten, tú estás en una mejor posición. En general, predecir las acciones de otros me causaba un gran placer. Me encantaba, particularmente, el momento de la intercepción. Demostraba una cierta intimidad: Adversario, sé lo que estás pensando. Lo mismo sucedía con la entrada, se formaba un lazo en el momento mismo de la disrupción. Para ser acertada, la agresión debía ser precisa, y sin malicia alguna.

Siempre jugué de mediocampista, y mi experiencia sigue estando en el medio. El pase antes de la asistencia; algo que llamamos "abrir cancha"; controlar el ritmo del partido. Éstas son artes extrañas, pero las sostengo. Son algo que se debe repetir para aprender, y esta repetición podría llamarse práctica, sin duda. A este esfuerzo también podría llamársele ejercicio, por supuesto. En mi experiencia, sin embargo, las cosas realmente interesantes las aprendí al jugar.

Así que, si regreso a los términos iniciales del debate, elijo al deporte porque, mientras que la práctica y el ejercicio son necesarios, también las entiendo como preliminares. El deporte es su culminación impredecible e improvisada. 

Confieso que también me gusta el término en sí porque “deporte” no puede entrar tan fácilmente en el léxico cuasi-taquigráfico del artspeak. No vamos a oír a un artista hablar de su deporte de la misma manera en que hoy los escuchamos describir, después de respirar profundamente, los detalles de su práctica. El deporte no es una palabra con clase o con una connotación particularmente positiva. No es una palabra fácil de inflar.

Por el contrario, una palabra simple, sin pretensiones, como lo es deporte podría incitar a las personas del arte a pensar sobre la cultura de principio a fin. No solo sobre su propio comportamiento y las muchas maneras en que su estado personal de bienestar puede mejorarse, sino en su papel en el espectro más amplio (y más desordenado) del campo de la actividad humana. Porque si necesitamos un término para hablar del quehacer del arte, deberíamos tener uno que incluya—por lo menos de manera implícita—cosas como ligas juveniles, malos árbitros, aficiones desquiciadas, orgullo nacional, derechos de transmisión, patrocinios corporativos, estadísticas, lesiones, tácticas, calentamiento, rutinas, superstición, redes de apuesta, repeticiones en YouTube, asientos para la elite, reclutamiento alrededor del mundo, competencias internacionales semi-anuales, y similares.

Eso, para mí, nos acercaría al juego que de hecho jugamos.