Morazán o cómo ahondar en un lugar como estrategia de regeneración tras los Acuerdos de Paz (1992)

Agosto 7, 2018

Ahondar sobre lo sucedido durante la Guerra Civil que vivió El Salvador (1980-1990) es abrir una puerta dolorosa hacía un lugar todavía por sanar. Un lugar herido. Sin embargo, esas letales consecuencias dejan también experiencias históricas que debemos revisar e incorporar como parte de la solución -en proceso- de un conflicto sin resolver.

Ahí encontramos la extraordinaria experiencia sin precedentes del “comunitarismo”, llevada a cabo por parte de los refugiados salvadoreños en Colomancagua (Honduras) (1980-1989), y el aprendizaje que resultó de los “saberes colectivos” que fueron el embrión de una posterior comunidad que arrancó bebiendo de un socialismo utópico que podría recordar a los Falansterios de Fourier. Una comunidad construida por los repatriados llamada “Ciudad Segundo Montes” en el Departamento de Morazán, zona oriental de El Salvador.

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Imagen correspondiente al momento de repatriación de los refugiados. Cortesía de "Comunidad Segundo Montes. Un proyecto de su memoria histórica".

Morazán, tierra de cerros y barrancos empinados, se convierte en un nuevo eje de coordenadas para distintos artistas salvadoreños en relación con la reflexión sobre cómo sanar las heridas que siguen pidiendo ser curadas. Planteando como estrategias de regeneración el poder profundizar en el proceso de desmitificación revolucionaria, la superación de los roles de poder del hetero-guerrillero, la inserción de experiencias históricas no incluidas en las narraciones oficiales, la articulación de condiciones para poder llevar a cabo el derecho a la libertad de expresión o la puesta en práctica de la vulnerabilidad[1] junto al reconocimiento de un “Yo” colectivizado.

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Izquierda: Campo de refugiados de Colomoncagua (Honduras). Cortesía de Gaia Mika. Derecha:Portada del libro monográfico sobre dicha Comunidad titulado “El Salvador. Tierra prometida: historia de la Ciudad Segundo Montes” de Steve Cagan y Beth Cagan editado por Ediciones Arcoiris en El Salvador (1993).

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Cartel hecho para la conmemoración de los 25 años de la Comunidad Segundo Montes. Cortesía de “Comunidad Segundo Montes. Un proyecto de su memoria histórica”.

A Colomancagua llegaron cerca de ocho mil refugiados que hicieron del refugio su hogar durante 9 años con el apoyo de la asistencia internacional. Campesinos que habían andado durante la noche para no ser rastreados por los militares, días y semanas hasta llegar a este lugar. Durante esos nueve años, desarrollaron una labor extraordinaria que sigue siendo un ejemplo internacional de organización comunitaria que deslumbró al propio jesuita Segundo Montes quien, visitando este campo de refugiados, dijo: “Pensaba que El Salvador no tenía futuro, pero al verlos a ustedes cambié de opinión”.

Esta capacidad de autoorganización colectiva y corresponsabilidad fue trasvasada a la nueva la Comunidad que se fundó en 1990 en Morazán, Ciudad Segundo Montes. Lleva el nombre de este jesuita como manera de agradecerle su labor para conseguir que los refugiados salvadoreños pudiesen volver a su país en condiciones de dignidad y respeto.

Así nació Comunidad Segundo Montes, a donde llegan cerca de diez mil repatriados con un escenario distinto al que vivían en Colomoncagua. Aquí tenían el complicado reto de transformarse en una unidad autosostenible, sin asistencialismo internacional. A ello se sumaron las divisiones internas respecto a si había que dialogar o no con las lógicas capitalistas, además de la falta de apoyo por parte del Estado salvadoreño que los veía con sospecha como bastión de la izquierda y a las precarias condiciones de las que partían –más alla de sus-manos-sus-corazones-sus-saberes-sus-capacidades-organizativas-comunitarias y del sueño de poder volver a su tierra a levantar una nueva vida.

A pesar de las fuerzas en su contra, Comunidad Segundo Montes se fue armando como una ciudad que soñaba con establecer un modelo propio de convivencia, apoyándose de la experiencia histórica de comunitarismo (1980-1989) vivida en Colomoncagua, y resistiendo ser atravesada ni por las lógicas utilitaristas ni por el individualismo positivista que tan mal hace a las sociedades occidentales “avanzadas”.

De hecho, en el proyecto online Comunidad Segundo Montes para la memoria histórica, llama la atención, cómo todos los testimonios recogidos señalan, que a pesar de las atroces consecuencias que tuvo la guerra en sus vidas, la experiencia del trabajo y responsabilidad colectiva durante la estancia en el campo de refugiados fue una experiencia única. Como comenta una de las refugiadas, María Cesarea Portillo, (1980-1988, Colomoncagua): “Aprendí muchas cosas que no sabía y compartí lo que sabía”.

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Captura de vídeo-performace “El juego” (2016-en proceso) por TFT.

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Vista de la instalación de “El juego” (2016-en proceso) en la X Bienal Centroamericana. Fotografía 150 x 100 cm, video HD, color, 10’. Colección Fundación Rozas-Botrán. Foto: Flavia Sánchez

Tras una sesión vía Skype con el colectivo salvadoreño The Fire Theory (TFT) -compuesto por Melissa Guevara, Crack Rodríguez, Mauricio Kabistán y Ernesto Bautista como parte de Y.ES ONLINE STUDIO VISIT PROGRAM dirigido por Claire Breuke e impulsado y patrocinado por la The Robert S. Wennett and Mario Cader-Frech Foundation, pude identificar un claro impulso de sanación que mira hacia Morazán. Cómo, al mirar lo sucedido en la Comunidad Segundo Montes, buscan poner énfasis en otros posibles modelos sociales no dinamitados por la polarización social. Este impulso lo encontré también en el proyecto “El Juego” (2016-en proceso) que TFT había ido trazando de manera colectiva.

Dicho proyecto nace de una invitación de la curadora de la X Bienal Centroamericana, Tamara Díaz Bringa, para comenzar un diálogo con un valiosísimo museo salvadoreño: el Museo de la Palabra y de la Imagen (MUPI). El MUPI tiene como vocación no permitir que desaparezcan cientos de episodios relacionadas con la Guerra civil salvadoreña (1980-1992) y con otros procesos socio-políticos de emancipación –como los encabezados por la gran visionaria proto-feminista salvadoreña, Prudencie Ayala (1885-1936) que luchó por el sufragio femenino- de la historia de El Salvador de los últimos 20 años junto a la labor de concienciación e investigación.

“El juego” (2016-en proceso) es un trabajo documental audiovisual performático a través de un partido de fútbol entre ex-combatientes de la Guerrilla Salvadoreña (llamados “Compas”) y veteranos de las Fuerzas Armadas de El Salvador. Mayoritariamente los compas vivían en la Comunidad Segundo Montes, mientras que los ex-soldados residen en pueblos cercanos. Todos los jugadores del “El Juego” son pobladores de Morazán y el lugar elegido para llevar a cabo el partido, Los Quebrachos, fue un antiguo campo de batalla durante la Guerra Civil.

Con ello pusieron en marcha medidas de reconciliación junto a entrevistas a exguerrilleros, como al testimonio de Lucio Vásquez “Chiyo”, originario también de Morazán y autor del libro “Siete Gorriones” (2014), en el que se aborda la complejidad del proceso de desprendimiento de la guerra junto al proceso de des-idealización revolucionaria y la deficiente implantación de mecanismos de sanación social después de la firma de los Acuerdos de Paz (1992). Este episodio ha sido muy influyente en la obra de los artistas Mauricio Kabistán y Víctor Crack Rodríguez, de manera individual.

“El comunitarismo tiene muy pocos ejemplos en este país. La polarización lo ha matado, y el objetivo del proyecto es mostrar eso. Que las cosas se resuelven más rápido trabajando juntos”, comentan TFT.

Actualmente, el colectivo prepara una nueva edición del documental “El Juego” (2016-2018) para la muestra "Al Dictado, Arte y Conflicto en Centroamérica" curada por Juan José Santos e Isabela Villanueva que se presentará en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

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Izquierda: Extracto de entrevista a Rufina Amaya, única superviviente en la masacre civil de El Mozote realizada el 11 de diciembre de 1981. Derecha: Captura de la noticia publicada en The New York Times en enero 1982 sobre la masacre civil en El Mozote.

Otra de las miembras del colectivo, Melissa Guevara, obtuvo una de las becas que ofrecía el programa Y.ES Contemporary 2017 para la realización del proyecto donde denuncia la invisibilidad y ausencia de verdaderas medidas para resarcir el daño hecho por uno de los episodios más terribles de la historia reciente de América: la masacre de El Mozote el 11 de diciembre 1981 (la fecha que maneja Guevara está sujeta a los testimonios de personas involucradas en este episodio que afirman que no ocurrió el 10 como asegura la versión oficial, sino el 11 de diciembre). Este cruel episodio, reconocido recientemente como tal por los órganos de gobierno salvadoreño, ha sido silenciado e ignorado por la historia durante más de veinte años, siendo la mayor masacre de civiles realizada en el siglo XX en el continente. El gobierno salvadoreño ha reiterado durante estas décadas que todos los archivos militares relacionados con el suceso habían desaparecido.

Frente a esta negación institucional, la única superviviente de la masacre, la señora Rufina Amaya, relató lo sucedido a varios periodistas internacionales inmediatamente después, y se ha dedicado a la denuncia y exigencia pública de responsabilidades. “Dios mío, me he librado de aquí y si me tiro a morir no habrá quién cuente esta historia. No queda nadie más que yo, me dije”. (1981, Rufina Amaya)

Todo lo sucedido fue comprobado a detalle por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y por las investigaciones de la Comisión de la Verdad, órgano creado por la ONU para clarificar los daños de la Guerra Civil salvadoreña. El 11 de diciembre de 2018, fecha en la que se conmemora el brutal acontecimiento, Guevara recogerá un camión de tierra del Mozote y lo volcará en la plaza pública situada enfrente del Palacio Nacional.

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Capturas de la acción llevada a cabo por Oscar Díaz en “Mal de amores (Mercedes)” (2015) durante el programa Performeando@Queens Museum.

La tierra de Morazán –junto con los rituales populares de San Miguel– es el vehículo de conexión en la performance Mal de amores (Mercedes) (2015) del artista Óscar Díaz (Soyapango, 1993 y quien reside en NY) presentada durante el programa Performeando@Queens Museum.

Díaz vivió los cuatro primeros años de su vida en Morazán y San Salvador, hasta que su familia decidió refugiarse en los Estados Unidos tras las devastadoras consecuencias de la guerra civil salvadoreña sumado a que el Departamento de donde procedía Díaz era mirado por los órganos de poder y las oligarquías salvadoreñas como un lugar subversivo de la izquierda, estrangulando así las posibilidad de desarrollo y dificultando la apertura de mercados para todos los productos y artesanías fabricados desde Morazán.

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“Tree of life” (1976) y “Siluetas” (1973-1980) de Ana Mendieta.

Esta acción coloca el foco sobre todos los rituales relacionados con la práctica de la agricultura local de esta zona oriental salvadoreña, muy presentes en la práctica performática de Díaz como manera de subsanar la ruptura con toda la herencia familiar que supuso la diáspora salvadoreña. En ella se muestra un proceso catártico de limpieza y sanación, de re-generación, que nos recuerda a Ana Mendieta en Tree of life (1976) y Siluetas (serie) (1973-1980), donde se conectaba con la información de la tierra para activar toda la herencia taína, disolverse y con ello desprenderse del dolor del refugiado. “Recuerdo que cuando puse la tierra en el suelo del museo, conseguí un recuerdo físico de ayudar a mis padres a cultivar cuando era más joven, lo cual es algo muy Morazán para mí” comentaba el propio Díaz en correspondencia.

En Mal de Amores (Mercedes) (2016), Díaz habla durante veinte minutos con su hermana con la que lleva 18 años sin tener una relación fraterna real. “La tarjeta de llamada a su vez es algo que está llena de todo el paisaje de la ciudad de Nueva York. Se encuentran en el piso de las calles. Pienso en una agricultura de nuevas posibilidades”, señala Díaz.

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Detalles del Museo de la Revolución en municipio de Perquín, Departamento Morazán. Fotos por cortesía de Camila Sol de Pool.

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Detalles del Museo de la Revolución en municipio de Perquín, Departamento Morazán. Fotos por cortesía de Camila Sol de Pool.

Morazán también aparece como objeto de reflexión del programa de residencias nómadas “Works on paper, on freedom of expression, repression and resistance, a bottle of notes and some voyages”[2] (2015) impulsado por la artista y gestora salvadoreña Camila Sol. En dicha propuesta se atravesó por parte de los artistas invitados toda la zona oriental de El Salvador, sobre todo Morazán, para ahondar en narraciones no insertadas en los discursos oficiales.

El Museo de la Revolución Salvadoreña -Homenaje a sus héroes y Mártires- en Perquín (Morazán), fue uno de los puntos de reflexión de este programa pero con el ánimo de no instrumentalización política sino con el único horizonte de poder subrayar que lo realmente indispensable para la regeneración social salvadoreña es la articulación de verdaderas condiciones para la libertad de expresión.

Concluyendo, es evidente que para distintos artistas y colectivos salvadoreñas existe una necesidad de ahondar en distintos episodios sucedidos en Morazán como estrategia para rescatar experiencias históricas que han sido excluidas. Experiencias que deben ser reinsertadas. Experiencias que muestras un estado no fallido. Un estado articulado a través del intercambio de saberes, del apoyo mutuo y del yo-colectivizado. Con ello habilitan la posibilidad de una urgente regeneración social desde procesos que superan la autocensura y que incluyen al cuerpo como herramienta epistémica.


[1] Para ampliar más sobre la vulnerabilidad como estrategia en la práctica curatorial leer Feminización o prácticas preñadas de emancipación  https://revistagimnasia.wordpress.com/2016/12/16/feminizacion-o-practicas-prenadas-de-emancipacion/

[2] Para ampliar información sobre éste programa de residencias leer San Salvador: primavera silenciosa http://www.coleccioncisneros.org/es/editorial/cite-site-sights/san-salva...