Mirada femenina sobre América del Sur: Elizabeth Cary Agassiz (1822–1907)

Viaje al Brasil en 1865–66

Septiembre 26, 2017

Las mujeres artistas y naturalistas que viajaron a América Latina y el Caribe en los siglos XVII al XIX fueron más de las que uno supondría. Al igual que para sus homólogos masculinos, la promesa de la aventura y el descubrimiento era incentivo suficiente, y sus privilegios económicos y sociales facilitaron el camino. Sin embargo, las mujeres que viajaban eran en cierto modo más intrépidas y decididas pues debieron confrontar normas sociales de lo que se suponía era un comportamiento apropiado para su sexo a fin de ganar credibilidad y la libertad necesarias para seguir este camino. Esta es la tercera entrega de una serie de textos en los que la doctora Katherine Manthorne arroja luz sobre algunas de estas artistas viajeras que triunfaron siguiendo su visión.​


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Carleton Watkins, Retrato de Louis Agassiz, San Francisco, ca. 1870, Copia a la albúmina, retrato fotográfico

 

Alexander von Humboldt fue el espíritu que guiaba la exploración en América Latina durante la primera mitad del siglo diecinueve, alimentado por sus extensos viajes entre 1799 y 1804 y numerosas publicaciones que les siguieron. Tras su muerte en 1859, el manto del gran científico universal pasó a Louis Agassiz, el naturalista nacido en Suiza que en 1847 emigró a los Estados Unidos, donde la Universidad de Harvard creó inmediatamente una cátedra para él. En 1859 la Universidad empezó la construcción de un Museo de Zoología Comparativa que debía ser un monumento a Agassiz y su visión de la historia natural. Pero justo en la cúspide de su carrera y su reputación estalló una revolución en el mundo científico. Charles Darwin publicó su libro El origen de las Especies por Medio de la Selección Natural, o la Preservación de las Razas Preferidas en la Lucha por la Vida (1859), presentando su controversial teoría de la evolución. La teoría era diametralmente opuesta a la visión de Agassiz, en la cual nada más que la obra divina podía explicar la existencia del mundo orgánico. Los límites estaban trazados y, en un afán por salvar su reputación, Agassiz se embarcó en una expedición para obtener evidencia y refutar a Darwin. Así, mientras Darwin permaneció instalado cómodamente en su casa de campo inglesa por el resto de sus días, Agassiz –a los 65 años– partió a Brasil en una de las aventuras más fantásticas de su ya extraordinaria carrera. El objeto de su investigación era estudiar la población de peces del Amazonas que, según él, ayudaría a contrarrestar las afirmaciones de los evolucionistas. Durante el año y medio de expedición lo acompañó su esposa, con quien conrajo matrimonio en 1850, y su colaboradora, Elizabeth Cary Agassiz, ayudando a recolectar datos, organizando clases a bordo y registrando sus experiencias para la posteridad.

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Retrato de Elizabeth Cary Agassis, fecha y fotógrafo desconocidos

Habiendo crecido en Boston durante las décadas de 1820 y 1830, los viajes de Elizabeth Cary Agassiz (Cabot de nacimiento) estaban restringidos a la casa de verano de la familia en Nahant, a catorce millas de la costa norte de Massachusetts. Sin embargo, entre 1865 y 1872 viajó por el Amazonas, dio la vuelta al mundo y escribió sus diarios de viaje de ambas expediciones que fueron sumamente exitosos comercialmente. Nacida en una época en la que las mujeres eran educadas en casa, ayudó a asegurar que las mujeres pudieran recibir un título de la Universidad de Harvard y fungió como la primera presidenta de Radcliffe College. Siendo una proto-feminista, escribió en 1865 descripciones atentas y detenidas de las mujeres que vivían en la Amazonia, mismas que han proporcionado a los antropólogos visiones excepcionales de estas culturas hasta el día de hoy. Aún así, el libro titulado Viaje al Brasil, casi enteramente de su autoría, llevaba la firma “Profesor y Sra. Louis Agassiz” y, durante la vida de su marido, siempre antepuso la carrera de su esposo a la suya. Esta mujer de contradicciones y logros transformó una expedición que en principio tenía como objetivo documentar la población de peces del Amazonas en uno de los más leíbles y multifacéticos libros de viaje del siglo XIX sobre América del Sur.

Aunque ella no hizo los bosquejos de las imágenes que aparecen en el volumen, siendo la autora principal del libro tuvo la tarea de recopilar y seleccionar las ilustraciones para el mismo. Jugó un papel clave en la organización del registro visual de la expedición y en instrumentar la relación entre el texto y las imágenes. Las ilustraciones eran grabados sobre madera a partir de fotografías y acuarelas que la pareja había adquirido in situ, algunas de ellas reproducidas como imágenes de página completa en papel brillante insertadas entre las páginas, y otras como pequeñas viñetas dentro del texto.

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Vista Lateral del Callejón de las Palmeras, Ilustración de Viaje al Brasil, página opuesta, p. 60, a partir de una fotografía de Messrs. Stahl & Wahnschaffe

El 1 de abril de 1865, justo unos días antes de que la Guerra Civil en Estados Unidos terminara, Louis y Elizabeth Agassiz y un grupo de doce asistentes partieron a Brasil en una expedición respaldada por Nathaniel Thayer, un hombre de negocios bostoniano. El grupo aterrizó en Río de Janeiro, donde su estancia de tres meses incluyó una serie de reuniones con Don Pedro II. El joven emperador les brindó toda la hospitalidad, incluyendo un barco de vapor para su viaje por la Amazonía y la ayuda de un ingeniero del país, el Mayor Coutinho, a quien Agassiz llamó “mi buen genio”.  Para cumplir su misión en los diecisiete meses asignados para ello, se dividieron en grupos más pequeños y se dirigieron a los diversos afluentes del vasto sistema Amazónico. Mientras que la mayoría de las mujeres contemporáneas se limitaban a ir a Río de Janeiro y otras ciudades costeras, Elizabeth Agassiz penetró en lo profundo del corazón del continente, manteniendo un diario de viaje a su paso. Sus notas se convirtieron en la base del libro coescrito con su esposo, Viaje al Brasil, que fue ampliamente apreciado por su habilidad para hacer que la ciencia fuera tan comprensible como agradable. Estando en la capital subieron al pico del Corcovado, observaron el progreso de la construcción del ferrocarril, y visitaron el Jardín Botánico que se jactaba de ser “un atractivo tan único como hermoso, en su larga avenida de palmeras de unos ochenta pies de altura” (P. 61). Dado que las palabras eran inadecuadas para transmitir “la belleza arquitectónica de esta columnata de palmeras”, incluyó dos ilustraciones, entre ellas Vista Lateral del Callejón de las Palmeras”. Este grabado sobre madera fue realizado a partir de una fotografía por Messrs. Stahl & Wahnschaffe, fotógrafos imperiales de Don Pedro II en Río de Janeiro. 

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Martin Johnson Heade, Sunset: A Scene in Brazil (1864–65). Óleo sobre tela. 48.9 x 86.4 cm

El viaje a Brasil de Elizabeth y Louis Agassiz (1865-66) siguió de cerca los pasos del viaje del artista Martin Johnson Heade entre 1863 y 1864. Tanto los Agassiz como Heade regresaron a América Latina, los primeros a la Expedición Hassler en 1871, y los Heade a Nicaragua y Colombia en 1866, y a Jamaica en 1870. Es muy posible que se hayan conocido en Nahant en la costa de Massachussetts, donde la familia de Elizabeth tenía una casa de verano y Heade pintaba el litoral y los pantanos cercanos. La red de conexiones entre los Aggassiz y Heade con respecto a Brasil incluía a los exploradores Johann Baptist von Spix y Karl Friedrich Philipp von Martius, dos científicos bávaros cuyos Viajes al Brasil en los Años 1817-1820 incitaron su interés en ese país. Un misionero en Brasil, el Reverendo James Cooley Fletcher, también documentó sus observaciones en Brasil y los Brasileños (1857), lo que proporcionó otro punto de contacto entre ellos. Sin duda, Fletcher jugó un papel importante en estimular el interés inicial de Heade en la región e hizo algunas investigaciones preliminares allí para los Aggassiz. “Cuando estaba a punto de comenzar una de mis visitas a América del Sur”, recordó Heade más tarde, “el Profesor Agassiz me pidió que le trajera entre 50 y 100 huevos de colibríes para ser utilizados con fines científicos”.  Sin embargo, no pudo cumplir el encargo debido a que Agassiz “aparentemente ignoraba el hecho de que es muy raro encontrar uno de estos nidos, incluso en América del Sur donde son más numerosos”. Lo más importante, quizás, fue la conexión a través de su interés por el arte del paisajismo –uno de los pocos placeres que Elizabeth y Louis Agassiz persiguieron fuera del trabajo. La pareja aparentemente tenía cierta familiaridad con las pinturas de Heade, como sugirió el crítico Henry Tuckerman:

Varias imágenes bellas de paisajes tropicales han llamado mucho la atención; una en particular, abundante en vegetación suramericana y singularmente fiel a la naturaleza, tanto en atmósfera como en el efecto general, fue objeto de un alto encomio por parte de los exploradores de la Amazonia—Agassiz incluido.

Puesta de sol: Una escena en Brasil de Heade de 1864-65 pudo haber estado entre las imágenes que Elizabeth y Louis Agassiz compararon con sus propias observaciones de Brasil y en consecuencia elogiaron. 

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Auguste Morisot, Vieja Loca (Pterophyllum altum Pellegrin) (1886)

“El origen de la vida es la gran cuestión del día”, Elizabeth Agassiz declaró en su texto. De hecho, su decisión de llevar a cabo esta investigación en América del Sur se basó en la necesidad de regresar a la parte del mundo donde Darwin había alcanzado las conclusiones sobre el origen de las especies. Así como Darwin había estudiado los pinzones, las tortugas y otras especies en las Islas Galápagos fuera de Ecuador, Agassiz se propuso nada menos que la documentación de la población entera de peces del Río Amazonas.

La comparación entre el relato del viaje a Brasil de Agassiz y la documentación del río Orinoco en Venezuela de Auguste Morisot, en 1886-87, es fructífera. Ambos enfrentaron el imposible desafío de tratar de transitar vías fluviales vastas. Uno de los ríos más grandes de América del Sur, el Orinoco, de 1,700 millas de largo, comienza en las montañas Parima de las Tierras Altas de Guayana y fluye a través de la selva, el bosque de várzea, pastizales y un gran delta en el Océano Atlántico. Como artista de expedición, la tarea de Morisot era registrar la flora, la fauna, la gente y los paisajes que encontraba ahí. Anotaba un diario escrito y un libro de apuntes de campo lleno de bocetos, documentando a veces distintas especies y otras veces paisajes que proporcionaban impresiones generales. Veinte años después de Agassiz, el artista Jaques Burkhardt luchó por recolectar y registrar todos los peces del Amazonas; Morisot, en un esfuerzo paralelo, creó delicadas acuarelas de los peces que observó en el Orinoco, como su Vieja Loca (Pterophyllum altum Pellegrin).

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Palma Cocotera, Ilustración de Viaje al Brasil (frontispicio): Grabado sobre Madera a partir de una fotografía de G. Leuzinger

Elizabeth y Louis Agassiz estaban muy conscientes del potencial de la fotografía para sus esfuerzos. Se empeñaron en obtener grabados de flora, fauna, personas nativas y paisajes de diversas fuentes. Walter Hunnewell, uno de los estudiantes voluntarios de Harvard en la expedición, se había preparado con el equipo fotográfico más reciente y había intentado documentar sus descubrimientos. “El Sr. Hunnewell está estudiando en un establecimiento fotográfico”, Elizabeth Agassiz informó justo después de su llegada a Río de Janeiro, “preparándose para ayudar al Sr. Agassiz al estar fuera del alcance de artistas profesionales”. Seleccionó un número de fotografías para hacer grabados en madera para ilustrar su libro, muchas del trabajo de G[eorge] Leuzinger, quien dirigía un estudio especializado en fotografías de paisajes locales en Río, tomadas por sus empleados y vendidas a visitantes extranjeros. “Las admirables fotografías de Leuzinger de las vistas del Corcovado, así como como de Petrópolis, los montes Organ y el barrio de Río en general, se pueden obtener ahora en las imprentas de Boston y Nueva York”, explicó el autor. Este grabado sobre madera de la Palma cocotera se hizo a partir de una fotografía de la firma del suizo Georg Leuzinger, quien se había establecido en Río de Janeiro inicialmente como un hombre de negocios y en 1865 abrió su Officina Photographica, donde contrató a varios fotógrafos. Palma Cocotera es una de las numerosas palmeras ilustradas en el libro, todas hechas a partir de las fotografías de Leuzinger, lo que indica un gran interés por la variedad de palmeras originarias del país.

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Marc Ferrez, Tijuca Falls (c. 1885). Impresión fotográfica antigua. 39.4 x 27.9 cm

Marc Ferrez estaba entre los fotógrafos locales aprendices de Leuzinger y bien podría haber sido el creador de algunas de las fotografías adquiridas por los Agassiz. Trabajando de cerca con Don Pedro II y exponiendo su trabajo en la mayoría de las exposiciones internacionales de finales del siglo XIX, se convirtió en uno de los fotógrafos más renombrados de Brasil. Su gama era amplia, documentando el creciente progreso industrial del país, así como sus maravillas naturales en trabajos como las Cascadas de Tijuca

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Fazenda de Santa Anna in Minas Geraës, Ilustración de Viaje al Brasil p. 103, de una fotografía del Senhor Machado

Elizabeth y Louis Agassiz fueron invitados a la Fazenda da Fortaleza de Santa Anna, entre las más modernas de las muchas plantaciones de café en el estado de Minas Gerais. La producción de café era una fuerza económica importante en Brasil en ese momento, y los Estados Unidos uno de sus mayores clientes, por lo que los lectores habrían estado ansiosos por conocer aspectos de su producción:

La casa misma…forma parte de una sucesión de edificios blancos y bajos, encerrando una plaza alargada dividida en lotes ordenados, destinados al secado del café… toda la propiedad que no es bosque se dedica al café, cubriendo las laderas millas a la redonda. La semilla se planta en viveros especialmente acondicionados, donde pasa su primer año de crecimiento. Luego es trasplantada a su hogar permanente y comienza a dar fruto en unos tres años… e incluso a producir dos o más cosechas anualmente durante treinta años sucesivos (Págs. 112-113)

Elizabeth Agassiz también planteó preocupaciones ecológicas, pues el cultivo del café requería la destrucción de vastas extensiones del bosque atlántico. Su anfitrión era uno de los propietarios de plantaciones más preocupados por la conservación:

Desea no sólo conservar la madera en su propiedad y mostrar que la agricultura no necesita ser cultivada a expensas del gusto y la belleza, sino también recordar a la gente de su país que, tan extensos como son los bosques, no durarán para siempre…

Finalmente, concentró su atención en la gente que hacía el trabajo: “Los negros, hombres y mujeres, estaban esparcidos por las plantaciones con bandejas amplias, poco profundas… atadas a sus hombros y apoyadas en sus cinturas”. (Pág.114) Sin embargo, en ninguna parte menciona que se trataba de una forma de trabajo forzado y que la esclavitud era todavía legal (y continuaría siéndolo hasta 1889) en Brasil. 

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Mina Negra, ilustración de Viaje al Brasil, Pág. 86 a partir de una fotografía de Messrs. Stahl & Wahnschaffe

Ansiosa por observar la población afro-brasileña, Elizabeth Agassiz acompañó a su marido a los mercados de Río de Janeiro:

…por el placer de ver la carga de naranjas frescas, flores y verduras, y de observar a los pintorescos grupos de negros vendiendo sus mercancías, o sentados en corrillos para chismorrear. Hemos aprendido ya que los negros atléticos y bien parecidos, de un tipo más noble, al menos físicamente, que aquellos que vemos en los estados, son los llamados negros de Mina, de la provincia de Mina, en África occidental. Son una raza con gran porte, las mujeres especialmente están hechas finamente y tienen una presencia muy digna.

Como de costumbre, se concentraba en las mujeres. Pero a diferencia de muchos viajeros que hicieron extensas generalizaciones sobre poblaciones extranjeras, ella se dio a la tarea de identificarlos por región o por herencia y de observar su comportamiento y vestimenta distintivos, visible en la ilustración que eligió para acompañar su texto:

Las mujeres llevan siempre un turbante alto de muselina, un largo chal brillante, ya sea cruzado por el pecho y arrojado sin cuidado por encima del hombro, o, si el día es frío, recogido a su alrededor; sus brazos escondidos en los pliegues…La negra Mina es casi excepcional por sus hermosas manos y brazos. Parece estar consciente de ello y por lo general lleva pulseras ajustadas a la muñeca, hechas de cuentas de colores brillantes, que activan la forma de la mano y se vuelven excesivamente atractivas en su piel obscura y brillante. (Págs. 83-85)

“Estos negros son mahometanos”, señaló, “y se dice que permanecen fieles a su profeta, aunque están rodeados de las observancias de la Iglesia Católica” (Pág. 85). 

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India Munduruku (Mujer) Ilustración de Viaje al Brasil, p. 314. Grabado sobre madera a partir de una fotografía del Dr. Gustavo, de Manaos

Después de varios meses en la capital, salieron para explorar el río. Cuando Elizabeth no estaba sentada en la cubierta tomando notas sobre la recolección de especímenes del día, estaba observando la vida humana a lo largo de las orillas del río. En sus viajes por el Amazonas escribió relatos detallados de las mujeres que encontró, mismos que son invaluables ya que fue una de las pocas viajeras que registró la vida cotidiana de la población femenina. “La vida de la mujer india”, escribió, “parece envidiable en comparación con la de la mujer brasileña en la ciudad amazónica” (Pág. 269). Al igual que la mayoría de los viajeros, estaba simultáneamente repelida y fascinada por la abierta desnudez femenina y los tatuajes que cubrían sus cuerpos. Dibujando una mujer india Munduruku, explicó en el texto:

En las mujeres, la máscara del tatuaje cubre solamente la parte más baja de la cara; la parte superior queda libre, con la excepción de una línea que atraviesa la nariz y los ojos. Su barbilla y cuello están adornados… (Págs. 314-315)

Su concepto occidental de la belleza chocaba a menudo con las realidades que encontró aquí, lo que le impidió describir a las mujeres indias como físicamente atractivas, a pesar de que encontró mucho que admirar en su carácter y comportamiento.

La Expedición Thayer coincidió con la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), el conflicto más sangriento en la historia de América Latina entre Paraguay y los países aliados de Argentina, Brasil y Uruguay. Con un alto porcentaje de la población masculina reclutada en el ejército, las mujeres indígenas y mestizas de la Amazonía ocupaban posiciones de liderazgo tradicionalmente tomadas por hombres. Una estadía prolongada en un lugar determinado le permitió desarrollar cierto grado de intimidad con las mujeres, con quienes se comunicaba directamente en portugués o a través de un traductor. Su entrada del 29 de octubre de 1865 es una de las más notables en el cuaderno de viaje debido al conocimiento que tiene de las circunstancias durante la guerra:

…las mujeres dijeron que el bosque estaba muy triste porque sus hombres habían sido reclutados, o buscaban seguridad en el bosque. La vieja Senhora me contó una triste historia sobre la brutalidad ejercida al reclutar a los indios… Estas mujeres dijeron que todo el trabajo de los sitios —la fabricación de farinha, la pesca, la caza de tortugas— se detuvo por falta de manos. La apariencia de las cosas ciertamente lo confirma, pues apenas vemos hombres en las aldeas y las canoas que vemos son remadas por mujeres. (Pág. 269)

Su relato está lleno de comentarios de admiración sobre la responsabilidad e independencia que estas mujeres demostraron. Pero como testigo de los esfuerzos de Brasil para constituirse en una nación moderna, Elizabeth Agassiz sabía muy bien que, como las mujeres en Estados Unidos, las mujeres indígenas en Brasil ocupaban una posición extremadamente marginal. 

Bibliografía selecta de fuentes
Agassiz, Professor and Mrs. Louis, A Journey in Brazil, Boston and New York: Houghton Mifflin, 1909; primera edición, 1867.

Hahner, June E., ed., Women through Women’s Eeys: Latin American Women in 19th Century Travel Accounts. Wilmington, Del.: S.R. Books, 1998.

Irmscher, Christopher, Louis Agassiz. Creator of American Science, Boston y Nueva York: Houghton Mifflin Harcourt, 2013.

Manthorne, Katherine, ed., Traveler Artists: Landscapes of Latin America from the Patricia Phelps de Cisneros Collection. Seattle, WA: Marquand Press, 2015.

Manthorne, Katherine, Tropical Renaissance. North American Artists Exploring Latin America, 1839-1879, Washington, D.C.: Smithsonian Institution Press, 1989.

Vinente dos Santos, Fabiane, “Gold earrings, calico skirts: mages of women and their role in their project to civilize the Amazon, as observed by Elizabeth Agassiz in A Journey in Brazil: 1865-1866,” História, Ciências, Saúde-Manguinhos v. 12 (April 2005).