En busca de una nueva ética: Arte y Feminismos

Marzo 7, 2018

Este es uno de varios artículos comisionados para ser publicados conjuntamente con el Seminario Fundación Cisneros 2018, Disrupciones—Dilemas de la imagen en la contemporaneidad.


Los feminismos se han hecho preguntas que promueven arrojar luz sobre importantes puntales de la crisis civilizatoria actual. Julia Kristeva sugería (1979) que estaba llegando “el tiempo de las mujeres”[1] como dispositivo impulsor de una nueva ética contra la segregación, un nuevo contrato social, la reescritura de la historia. Por su parte, Virginie Despentes (2018) señala al feminismo como una aventura de los siglos XX y XXI que ha cambiado al mundo.

Es posible usar ese marco para mirar la urgencia que se mueve vertiginosa en la esfera pública mundial, haciendo sentir su fuerza enunciadora. Posiciones diversas hacen patente el debate sobre la condición de sujeto de féminas y feminizadas: los feminicidios, el acoso, las violaciones y la brecha salarial parecen ser los encabezados más frecuentes en la denuncia del vigor del sistema patriarcal y su terrorífica pulsión exterminadora de la vida; aunque los embarazos de niñas y adolescentes, el derecho a decidir sobre el cuerpo propio y la esclavización sexual de las mujeres por parte de una industria internacional de trata no se quedan atrás.[2]

En el contexto del arte contemporáneo no faltan los aportes de los debates feministas. Desde finales de los años sesenta, las contribuciones para la elaboración de relatos alternos a partir de la creación, la teoría y la crítica apuntando a la importancia de poner en evidencia los silenciamientos y las subyugaciones históricas sostenidas por la diferencia sexual, han marcado giros indivisibles de lo que identificamos como arte contemporáneo, sus metodologías y su influencia en la modificación de los imaginarios. Una multitud de artistas han dedicado su atención a estas problematizaciones que, desde sus inicios, han intervenido en la trayectoria de lenguajes como la performance, la fotografía o el arte público. La lista no se ha detenido, tiene sus propias tramas y relatos en todas las latitudes.

El 2017 no sólo desencadenó la floración en la opinión pública de asuntos discutidos por largos años entre los activismos, los estudios de género y las teorías feministas, ahora en las palestras de la farándula global, sino que, desde el campo artístico, tuvo algunas notables recuperaciones de la capacidad enunciadora y problematizante de las redes de obras en torno a estos asuntos. En ese sentido me parece importante mencionar, más que algunas de las numerosas y singulares propuestas individuales, las exposiciones que considero memorables.

De corte genealógico, Radical Women: Latin American Art, 1960 -1985 (2017) es una revisión de la historia del arte presentada en el Hammer Museum. Es una propuesta planteada por la historiadora del arte y curadora venezolana Cecilia Fajardo-Hill y su par argentina Andrea Giunta quienes, tras siete años de exploraciones que fueron decantándose, dieron con la que fue catalogada como la exposición del año.

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Vistas de sala de la exposición "Radical Women: Latin American Art, 1960–1985, Hammer Museum, diciembre, 2017. Imagen cortesía del Hammer Museum

Esta muestra ha ofrecido un espectro rescatado por las curadoras en un amplio hiato histórico, a través del trabajo en torno a un cuerpo autorepresentado ―fuera de las imposiciones de la discursividad falogocéntrica (Derrida, 1975), los lenguajes contemporáneos y los contextos específicos de 120 creadoras y colectivos de artistas latinoamericanas, chicanas y latinas nacidas en Estados Unidos, entre las que ingresaron Antonieta Sosa, Ana Mendienta, Diamela Eltit, Marie Orenzans, Mónica Mayer, entre muchas más.

Radical Women ha sido un ejercicio a gran escala de la intersección arte-feminismo desde Latinoamérica, por lo que tiene una valía sustancial en la necesaria reelaboración de la historia del arte a partir de las desobediencias a la reproducción del canon.

En Quito, se pudo recorrer el trabajo curatorial de la española Rosa Martínez en La intimidad es política (2017), en el Centro Cultural Metropolitano, con obras de Regina José Galindo, Santiago Sierra, Nuria Guell, el colectivo anarcofeminista Mujeres Creando, entre otras. Con una intención menos historiográfica y un formato mucho más modesto, esta muestra planteó interpelaciones en torno al género en su relación con la hegemonía blanca, eurocéntrica y heteropatriarcal, la supresión de las mujeres de la historia canónica del arte, y la dominación de género como eje transversal del sistema capitalista, el lenguaje y las formas de poder practicadas desde el orden masculino.

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Santiago Sierra, 146 mujeres (2005) en la exposición La intimidad es política de Rosa Martínez. Centro Cultural Metropolitano, Quito, agosto–octubre, 2017. Imagen cortesía de Paralaje xyz
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Nora Pérez, Cuerpo desbordado (2015) en la exposición La intimidad es política de Rosa Martínez. Centro Cultural Metropolitano, Quito, agosto–octubre, 2017. Imagen cortesía de Universes in Universe

Por otro lado, recordaré las propuestas de artistas venezolanas como Deborah Castillo, Erika Ordosgoitti, Blanca Haddad y Sandra Vivas, entre algunas más quienes desde hace años vienen indagando críticamente problemas estructurales vinculados al género, experimentados en distintos planos de la vida, que ―no siempre es tan obvio― perjudican a la esfera social en su totalidad. En Venezuela hay que seguir valorando la importancia de la exposición Desde el Cuerpo. Alegorías de lo femenino (1998), curada por Carmen Hernández en el Museo de Bellas Artes.

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Deborah Castillo, Beso emancipador (2013). Imagen cortesía de Carmen Araujo Arte

Para algunos, colocar estas discusiones en circulación era un asunto de “desinformados” pues ya estaban “superadas”. Pero los problemas de discriminación, exclusión, opresión y exterminio en relación con el género, las sexualidades y sus grados de libertad en las confluencias con la raza, la clase, la edad y la proveniencia nacional, continúan a la orden del día, incluso agudizándose de modo alarmante.

Como lo relatan Giunta y Fajardo-Hill, dejar ver posicionamientos feministas hace tan sólo ocho años implicaba una reacción bastante más hostil. Hoy, parece que el feminismo ha podido salir del closet ―no sin revanchas[3]–– hasta el punto de llegar a las vitrinas de la moda Prêt-à-Porter.

En lo poco que llevamos del 2018 ya se han suscitado otra serie de declaraciones, exposiciones y publicaciones en varias partes y ámbitos del mundo, así como las respuestas adversas de quienes están más cómodos en el lado de los privilegios.

Pero la politización del arte tiene la potencialidad de invitar a una pausa, necesaria para la construcción de perspectivas más complejas. El vínculo entre el arte y los diversos activismos feministas moviliza una reflexividad ―en los términos de Hanna Arendt― en la que el entrecruzamiento de las esferas de lo público y de lo íntimo dirige la atención hacia la búsqueda de maneras de “salir de la indiferencia del montón”, enfrentando las violencias, la banalidad y lo nauseabundo de los andamios del poder. Nos empuja a hacernos conscientes de que allí, todes, nos jugamos la vida.


Arendt, H (2003). Eichman en Jerusalem. Un estudio sobre la banalidad del mal, Barcelona (Esp.), Lumen.

Derrida, J (1975). “La farmacia de Platón” en La diseminación, Madrid, Edit. Fundamentos.

Despentes, V (2018). “Virginie Despentes: "Hay un antes y un después tras el #MeToo, las mujeres rechazamos el estatuto de presa"” en SER disponible en http://cadenaser.com/ser/2018/02/13/cultura/1518537428_246867.html

Hernández, C (2006). Desde el cuerpo. Alegorías de lo femenino. Una visión del arte contemporáneo, Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Kristeva, J ([1979] 1995). “Tiempo de mujeres” en Las nuevas enfermedades del alma, Barcelona (Esp.), Cátedra, pp. 185 – 205.

Rodríguez, A (2017). “La intimidad es política y las reacciones lo confirman” en Artishock Revista disponible en http://artishockrevista.com/2017/08/04/la-intimidad-politica-las-reacciones-lo-confirman/

Villasmil, A y Aldeide Delgado (2017). “Andrea Giunta y Cecilia Fajardo-Hill sobre "Radical Women"” Artishock Revista, disponible en http://artishockrevista.com/2017/10/05/andrea-giunta-cecilia-fajardo-hill-radical-women/


[1] Junto con Kristeva entiendo este “tiempo de mujeres” no como un tiempo esencialista y excluyente de otras expresiones género-sexo-diversas, sino como un tiempo con cabida a la multiplicidad, los lenguajes plurales, fuera de la univocidad patriarcal y de las dicotomías epistémicas.

[2] Las manifestaciones del movimiento #NiUnaMenos desde 2015 y las marchas #VivasNosQueremos (2016) en Latinoamérica; el movimiento #MeToo (2017) y su hashtag viralizado globalmente (nombrado por la revista Time persona del año); el hashtag #NiñasNoMadres, que ha puesto sobre la mesa las crecientes y alarmantes cifras de embarazos en niñas latinoamericanas de entre 7 y 14 años, producto del abuso de sujetos adultos que son fácilmente disculpados, o con penas irrisorias, gracias a su género masculino (no monstruos, sino hijos sanos de un sistema que enseña a callar a las abusadas y legitima la violencia sobre las que sigue considerando un género inferior); en España las denuncias contra el acoso sexual de La caja de pandora (2018). Son tan sólo una breve muestra de la sonora diversidad de disensos y afinidades en la dinámica de los movimientos de algunos de los feminismos actuales, y sus respuestas frente a la reinstauración recrudecida de la violencia, expresada como dominación y desigualdad social, económica, sexual y simbólica, mientras producen incomodidad en los inquisidores de nueva generación.

[3] Como ha ocurrido con la descalificación del #MeToo, tildado de puritano en el “Manifiesto de las intelectuales francesas” entre las que se encontraba liderando Catherine Deneuve –quien salió pronto a disculparse públicamente con las víctimas de acoso—, o las desatinadas recriminaciones de cierre o desmontaje de exposiciones por puritanismos feministas, que resultaron no ser tales (como es el caso de la censura de unas imágenes de Egon Schiele por parte de las autoridades alemanas y británicas, o el desmontaje de la obra “Hilas y las ninfas” de John Waterhouse (1896), por parte de la Manchester Art Gallery, usada por la galería como estrategia detonadora de un debate en torno al género), porque los feminismos son diversos, hay disensos pero, sobre todo, porque no es justamente el feminismo el que ha actuado como censurador histórico.