Breve recorrido por el centro de Popayán y ascenso a la cima del Volcán Puracé

Relato de viaje

Noviembre 10, 2015

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN1.jpg

Volcán Puracé. Mapa compilado por el Global Vulcanism Program del Smithsonian National Museum of Natural History a partir de reportes, mapas y fotografías aéreas  de Ingeominas
Volcán Puracé. Mapa compilado por el Global Vulcanism Program del Smithsonian National Museum of Natural History a partir de reportes, mapas y fotografías aéreas de Ingeominas

Una imagen o un recuerdo son suficiente razón para encender la curiosidad por visitar un lugar.  Lo son también las historias escuchadas en la infancia, aquella época donde todo aparentaba ser más exótico e inalcanzable.  Algunos sitios de mi país los conocí por primera vez en tiempos de colegio, por medio de pequeñas fotos en libros escolares de geografía, mapas o las historias de algunos de mis profesores. Muchas de estas experiencias, sumadas a aquellas vividas a través de viajes familiares, quedaron grabadas en mi memoria, en un lugar donde se resisten a ser olvidadas y, por el contrario, insisten en ser revividas. 

Uno de estos míticos lugares seducía mi curiosidad con solo escuchar su nombre: el Gran Macizo Colombiano.  Es en esta zona montañosa en el sur  del país y cerca a la frontera con Ecuador donde la cordillera de los Andes se divide en tres ramas que se desvanecen en las selvas del Pacífico y las praderas del mar Caribe, y donde existen cientos de lagunas en las que nacen algunos de los grandes ríos del país como el Cauca y el Magdalena (vertiente Caribe), el Patía (vertiente Pacífico) y el Caquetá y Putumayo (cuenca amazónica). En sus límites se encuentra también la zona arqueológica de San Agustín y sus enigmáticas esculturas monolíticas. El Gran Macizo Colombiano fue por muchos años para mí algo así como “el origen de todas las cosas”.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN2.jpg

Laguna Magdalena en el Páramo de las Papas, Macizo Colombiano. Fotografía por: Hno. Tomás Alfredo, Sociedad Geográfica de Colombia
Laguna Magdalena en el Páramo de las Papas, Macizo Colombiano. Fotografía por: Hno. Tomás Alfredo, Sociedad Geográfica de Colombia

La mayor parte de los lugares de alta montaña en Colombia son bastante inaccesibles debido  a una topografía accidentada, vías de acceso irregulares y unas condiciones climatológicas no siempre predecibles. Estos factores, sumados a los riesgos inherentes a este tipo de aventuras y los problemas de orden público ocasionados por décadas de conflictos políticos, podrían ser suficiente excusa para no visitarlos. Sin embargo una fotografía de la cascada del Río Bedón que había visto recientemente en un libro, el mito del Macizo y el deseo de subir a la cima de un volcán fueron motivos para comenzar un nuevo viaje y ampliar mis fronteras de lo conocido.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN3.jpg

Ubicación geográfica del Macizo Colombiano. Mapa en relieve del Instituto Geográfico Agustín Codazzi
Ubicación geográfica del Macizo Colombiano. Mapa en relieve del Instituto Geográfico Agustín Codazzi

Popayán

A Popayán llego la noche del 6 de Junio de 2012 después de un viaje por carretera de aproximadamente 10 horas desde Medellín.

La ciudad fue declarada fundada el 13 de enero de 1537 por Sebastián de Belalcázar.  Popayán compitió con ciudades como Cartagena, Bogotá y Tunja en el número de nobles titulados domiciliados en ellas. También fue la única ciudad, junto con la capital, Santafé, en servir de sede a una Casa de Moneda de la Corona española en todo el territorio de la Nueva Granada.  Estos antecedentes ilustran en buena parte el esplendor que esta ciudad vivió durante la época colonial y los primeros asomos de República, todo ello añadido al orgullo genealógico de las familias fundadoras, que basaron la conservación de sus riquezas en una estructura  endogámica muy propia de las élites de ese entonces.  Los acontecimientos históricos relacionados con los lugares que visité permiten comprender casi 500 años de la historia neogranadina y colombiana y vislumbrar algunos aspectos de su idiosincrasia.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN4.jpg

Panorámica de la Catedral de Popayán y el Volcán Puracé. Fotografía por Luis H. Ledezma
Panorámica de la Catedral de Popayán y el Volcán Puracé. Fotografía por Luis H. Ledezma

Morro del Tulcán

Al siguiente día de mi llegada a Popayán salgo a caminar temprano en la mañana. Mi primer destino es el Morro del Tulcán, un montículo mediano cerca del centro histórico desde el cual se puede observar una panorámica amplia de la ciudad. La mañana está despejada, el sol se ha mostrado fuerte desde temprano y después de un recorrido de algo más de quince minutos que comienza en el centro colonial, alcanzo la cima de la colina.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN5_0.jpg

Caseta del celador del sitio arqueológico, ánfora fusiforme, excavaciones. Fotografías: Archivo Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH)
Caseta del celador del sitio arqueológico, ánfora fusiforme, excavaciones. Fotografías: Archivo Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH)

El cerro es el principal sitio arqueológico de Popayán. Este consiste en una pequeña colina natural en forma de pirámide truncada en la cual se encontraron elementos de la época precolombina, aproximadamente entre los años 500 – 1600 a.C., período que se conoce como "de las Sociedades Cacicales Tardías". Según crónicas escritas por Pascual de Andagoya y Cieza de León (Cubillos 1959:350), cuando llegaron los Conquistadores a estas tierras al mando de Juan de Ampudia en Noviembre de 1535, el Morro del Tulcán ya se encontraba abandonado.  En 1937, con motivo del cuarto centenario de la ciudad, se construyó una carretera circunvalar para facilitar el acceso a la cima, lo cual hizo daños en las ruinas prehispánicas que para esa época no estaban aún claramente identificadas. En 1940, la construcción indígena fue decapitada al ser arrasada por un buldócer para poder nivelarla. La nueva planicie fue coronada con una estatua ecuestre de Sebastián de Belalcázar realizada por el artista español Víctor Macho. Las tumbas ancestrales fueron removidas para dar lugar a obras de ornamentación y la instalación de un mobiliario urbano acorde con las tendencias del momento.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN6.jpg

Panorámica de la estatua de Sebastián de Belalcazar, Morro de Tulcán.
Panorámica de la estatua de Sebastián de Belalcazar, Morro de Tulcán.

Museo de Historia Natural

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN7.jpg

Museo de Historia Natural Universidad del Cauca. Archivo del museo
Museo de Historia Natural Universidad del Cauca. Archivo del museo

Después de visitar el mirador, desciendo la colina y me dirijo hacia el Museo de Historia Natural Universidad del Cauca, ubicado en un pequeño barrio justo al pie del morro. El museo, que tiene una gran colección de especímenes animales y geológicos, principalmente de esta zona del país y la costa pacífica, fue fundado el 1 de septiembre de 1936 por el biólogo Federico Carlos Lehmann Valencia. 

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN8_0.jpg

Anthurium Andreanum - Anturio rojo
Anthurium Andreanum - Anturio rojo

Su padre, Frederich Carl Lehmann Goldschmidt, coleccionista botánico, llegó a Colombia en 1876 tras las huellas de un colega suyo llamado Eugene André.  Este último había recolectado y clasificado por primera vez la especie Anthurium andreanum, un exótico anturio de impresionante colorido proveniente de la Serranía del Darién, ubicada en la selva del mismo nombre, en la frontera entre Colombia y Panamá. Lehmann Goldschmidt realizó varias expediciones en nuestro territorio y sus colecciones alimentaron numerosos museos y jardines botánicos en Europa. Tras decidir quedarse en el país de manera permanente se casó con María Josefa Mosquera Epalza y fue nombrado Cónsul General de Alemania del Departamento del Cauca. Su nieto, Federico Carlos Roberto Lehmann Valencia fue a su vez tataranieto del General Tomás Cipriano de Mosquera, quien había iniciado su carrera militar bajo el mando de Simón Bolívar y había sido cuatro veces presidente de Colombia. Este biólogo payanés, quien había perdido a su madre a los pocos días de nacido, pasó gran parte de su infancia bajo el cuidado de su abuela María Josefa quien le transmitió el espíritu investigador y naturalista de su abuelo. Fue en casa de ésta donde tuvo acceso desde muy joven a una gran biblioteca, particularmente a las obras de Historia Natural de Buffon, La Condamine, Cuvier y Humboldt y donde nació su interés por la ciencia. Como profesor, asesor y conservacionista, Lehmann Valencia hizo importantes contribuciones a la zoología nacional, particularmente a la ornitología, desde cargos en la Universidad Nacional, la Universidad del Valle y el Ministerio de Agricultura.  En 1963 fundaría en Cali el Museo Departamental de Ciencias Naturales.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN9.jpg

Izq: Fotografías satelital del Volcán Puracé. Der: Fotografía aérea del volcán y muestrarios geológicos. Museo de Historia Natural Universidad del Cauca
Izq: Fotografías satelital del Volcán Puracé. Der: Fotografía aérea del volcán y muestrarios geológicos. Museo de Historia Natural Universidad del Cauca

Permanezco en el museo un par de horas. Me laman la atención un oso polar, el infaltable cóndor, algunos exóticos especímenes marinos y la amplísima colección de aves y rocas.  La sofisticada puesta en escena propia de los dioramas en los museos de países desarrollados no es el fuerte de este lugar. Sin embargo, la ausencia de teatralidad es compensada por una experiencia visual casi enciclopédica que resulta de ver en un espacio reducido cientos de especímenes minerales y animales clasificados y almacenados en numerosas vitrinas de vidrios con gran precisión taxonómica.

Catedral de Popayán

De regreso al centro visito la Catedral Basílica Metropolitana de Nuestra Señora de la Asunción de Popayán. Aunque su primera piedra fue puesta el 30 de mayo 1819, las vicisitudes económicas de la iglesia, las trabas burocráticas y una que otra guerra civil ocasionaron largas interrupciones y el templo no se terminó sino hasta el 12 de junio de 1906. Algo menos de setenta y siete años después, un jueves Santo, el 31 de marzo de 1983 a las 8:15 A.M., fueron suficientes solo pocos minutos de un terremoto de magnitud 5.5 en la escala de Richter para que se desplomara la cúpula y la mayoría de los techos, cobrando las vidas de una cuarta parte de todas las víctimas mortales de esta lamentable tragedia natural.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN10_0.jpg

Interior de la cúpula después del terremoto. Periódico El Tiempo
Interior de la cúpula después del terremoto. Periódico El Tiempo

La Catedral de Popayán fue por varios siglos el hogar de La Corona de los Andes, joya colonial hecha con 2.25 kilos de oro puro y 1500 quilates de esmeraldas. Cuenta la leyenda que su esmeralda más grande, de 45 quilates, colgaba sobre el pecho del propio Atahualpa el día de su detención por los españoles. La corona se realizó como exvoto en agradecimiento a la Virgen María por salvar a los habitantes de la ciudad de las terribles epidemias de peste y viruela importadas por los propios españoles, y demoró seis años en ser fabricada con oro y esmeraldas donadas por la ferviente alta sociedad payanesa. Después de sufrir varios intentos de robo, la Cofradía de la Inmaculada Concepción, encargada de velar por su seguridad, obtuvo en 1917 el permiso del Papa Pio X para ser vendida con el fin de recaudar fondos para construir un hospital y un orfanato.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN11.jpg

La Corona de los Andes es exhibida en la joyería Bromberg's, Alabama en 1958. Fotografía de archivo Bromberg’s
La Corona de los Andes es exhibida en la joyería Bromberg's, Alabama en 1958. Fotografía de archivo Bromberg’s

En 1936, después de que la revolución rusa se interpusiera en un posible negocio con el Zar Nicolás II y que la crisis económica del 1929 obstaculizara otra transacción, la corona es adquirida en Estados Unidos por Warren J. Piper, director de un sindicato de joyeros, por un valor de $125.000 dólares. La idea inicial del sindicato era la de desbaratarla y usar sus materiales en nuevas joyas, sin embargo decidieron que era mas lucrativo alquilarla para eventos y a partir de ahí comienza a darle la vuelta al mundo. Fue exhibida en eventos como la Feria Mundial de Nueva York (1939) y el lanzamiento de una línea de vehículos Chevrolet en Detroit (1937). En 1963 fue subastada en Londres por Sotheby's a un comprador de origen holandés (Abajo: Subasta de la Corona de los Andes por 55.000 Libras Esterlinas en Sotheby's, Londres, 1963 [YouTube]) y en 1995 el gobierno colombiano fracasa en re-comprársela a la casa Christie's.  Popayán se quedó sin corona, sin hospital y sin orfanato. El dinero fue gastado en su mayoría en un nuevo palacio arzobispal.

 

Casa Museo Mosquera

Antes de partir hacia el volcán hago una última parada en La Casa Museo Mosquera. Este museo, ubicado también en el centro colonial de la ciudad, reúne una colección de muebles, objetos, pinturas y uniformes pertenecientes a los miembros de una familia que le dio al país dos presidentes y un arzobispo, todos ellos hijos de don José María de Mosquera y Figueroa, quien fue muy cercano al Libertador y lo respaldó en su causa independentista.

Uno de sus hijos, Tomás Cipriano Ignacio María de Mosquera-Figueroa y Arboleda-Salazar fue uno de los personajes más influyentes del devenir colombiano durante la segunda mitad del siglo XIX.  Militar, diplomático y estadista, fue amado y odiado con la misma pasión por muchos que se le cruzaron a lo largo de su vida. Algunos lo acusaban de venir de una familia esclavista, por su soberbia y arbitrariedad, por perseguir a los jesuitas y llevar una vida personal desordenada. Otros en cambio exaltaban su sensibilidad social, su valor para enfrentar a los poderosos y su protección a los desposeídos, quienes lo veneraron como a un santo de su causa.

En mi camino hacia la puerta me encuentro colgada de la pared una discreta placa funeraria que, supongo, acompaña o acompañó los restos del padre de tan ilustres personajes. Dicen que no hay muerto malo y estas sentidas palabras dan fe de ello en su máxima expresión.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN12.jpg

Placa funeraria de José María Mosquera en una de las paredes de la Casa Museo Mosquera
Placa funeraria de José María Mosquera en una de las paredes de la Casa Museo Mosquera

Ascenso al Volcán Puracé

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN13.jpg

Vista aérea en dirección sureste a lo largo de la cadena volcánica de Coconucos, 22 de Octubre de 2011. El Puracé en primer plano y varios cráteres se alinean a distancia. El pico más alto, al fondo, es el pan de Azúcar. Foto aérea de Ingeominas
Vista aérea en dirección sureste a lo largo de la cadena volcánica de Coconucos, 22 de Octubre de 2011. El Puracé en primer plano y varios cráteres se alinean a distancia. El pico más alto, al fondo, es el pan de Azúcar. Foto aérea de Ingeominas

La mayoría de las más altas cumbres del planeta exigen meses, e incluso años de planeación y preparación, a quienes pretenden conquistarlas. El resto de las montañas, de menos abolengo, prácticamente ausentes de los relatos heroicos, los records y las estadísticas, simplemente están allí, impávidas e indiferentes, aparentando ser dóciles y dispuestas a ser vencidas con facilidad.  Esto podría decirse del Morro de Tulcán, pero no de mi próximo destino.

Después de una hora de carretera transcurrida desde que salgo del casco urbano de Popayán, el camino comienza a empinarse y el paisaje agrícola se desvanece gradualmente cediendo protagonismo ante unas montañas cada vez más escarpadas y una vegetación mucho más agreste. Transcurridos aproximadamente 50 kilómetros llego al pueblo de Puracé, que se encuentra sobre una encantadora planicie, delimitada por dos profundas cañadas. Al pasar las últimas casas entro en una carretera destapada más angosta, y comienzo a ver a lado y lado pequeños bosques de arboles enanos cubiertos de musgo que me anuncian el comienzo del páramo. Llego a unas partidas donde debo tomar la izquierda para llegar a mi destino final de ese día que eran las Cabañas de Pilimbalá del Parque Nacional Natural Puracé. La carretera que se desvía a la derecha conduce a la mina de azufre natural El Vinagre que se encuentra al pie del volcán. Esta mina, explotada por la comunidad aborigen perteneciente al cabildo de Puracé, y otra  similar en Chile, son las únicas dos de este tipo en el mundo.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN14.jpg

Planta de procesamiento de azufre natural en la mina El Vinagre
Planta de procesamiento de azufre natural en la mina El Vinagre

Aprovecho que llego temprano y decido salir a conocer la carretera que conecta a Puracé con el municipio de La Plata, en el departamento del Huila. Mi mapa me indica que debo cruzar una extensa zona de páramo y que eventualmente me encontraré con la cascada del río Bedón. A estas alturas son suficientes pocos metros de diferencia en altitud para notar cambios sustanciales en la vegetación. No han transcurrido 10 minutos cuando comienzo a ver a ambos lados del camino destapado algunas laderas cubiertas por bosque enano intercaladas con extensas planicies tapizadas por frailejones.  He ingresado al páramo.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN16_0.jpg

Espeletia pycnophylla – Frailejón. The Smithsonian National Museum of Natural History
Espeletia pycnophylla – Frailejón. The Smithsonian National Museum of Natural History

A los pocos kilómetros comienzo a escuchar un murmullo que se hace cada vez más fuerte a medida que avanzo.  No demoro mucho en identificarlo como un caudal de agua y al doblar una curva llego al lugar donde se encuentra la cascada del río Bedón.  Las aguas del páramo son por lo general delgados hilos que solo se convierten en ríos mucho más abajo. El páramo del Puracé tiene una topografía particularmente accidentada, lo cual hace que las aguas se encañonen formando caudales fuertes a gran altitud como el que presenco en este momento.  Después de pasar un buen rato en este mágico lugar el viento y la llovizna comienzan a arreciar, anunciando que es hora de regresar a las cabañas.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN17_0.jpg

Camilo Echavarría, Cascada del Río Bedón (2013), Impresión digital, 72 x 90 cm
Camilo Echavarría, Cascada del Río Bedón (2013), Impresión digital, 72 x 90 cm

Esa noche me encuentro en las cabañas con un par de caminantes extranjeros que han llegado más temprano ese mismo día. El frío penetra por las dilataciones de puertas y ventanas, y siento que es una buena excusa para abrir la conversación y ofrecerles una taza de café que siempre cargo conmigo, fresco y recién molido, y preparo en un pequeño fogón a gas. Les es imposible ocultar la alegría de tomarse un buen café y me cuentan que llevan meses añorándolo. También me confiesan que creían ingenuamente que con solo cruzar la frontera y entrar a Colombia  encontrarían automáticamente un excelente servicio de café sin importar la alcurnia del establecimiento. En medio de nuestra charla cuentan también que han contratado a un guía para salir al día siguiente en busca de la cima del volcán y me invitan a acompañarlos. Es imposible no aprovechar la invitación ya que yo no tenía planes concretos y aunque sabía que no estaba muy preparado físicamente, decido aceptar.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN18.jpg

Bruno y Renata, mis compañeros de caminada
Bruno y Renata, mis compañeros de caminada

Al siguiente día salimos los tres en compañía de nuestro guía, el Sr. Noe Puliche. La primeras dos horas de caminada transcurren por una pesada trocha pantanosa producto del invierno y el trajín causado por el tráfico frecuente de animales de pastoreo. Muy útil es el consejo de un amigo de llevar botas de caucho altas. Al cabo de un rato llegamos a una llanura de pajonales donde se unen numerosos hilos de agua que forman una oscura y misteriosa laguna de páramo.  Después de una breve pausa continuamos el camino que se vuelve cada vez más empinado y rocoso y no demoramos mucho en llegar a una construcción abandonada de una base militar en desuso.  Allí aprovechamos para almorzar, preparar café y recuperar las energías necesarias para emprender el final del ascenso. Mis compañeros de caminata deciden sin embargo emprender el retorno. Sus energías están ya agotadas por la enlodada travesía, y nuestro guía les recomienda regresar a las cabañas por una carretera que comunica la base militar con las cabañas pasando por la mina de azufre.  En un gesto muy generoso por parte de ellos me ceden la compañía de Noé y me prestan un bastón. Quedamos Noé y yo, un fuerte ventarrón y el volcán cuya cima estaba cubierta por la niebla.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN19.jpg

Noé Puliche, nuestro guía
Noé Puliche, nuestro guía

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN20.jpg

Base militar y carretera hacia la mina
Base militar y carretera hacia la mina

La base militar marca una especie de frontera botánica. Atrás, o mas bien abajo, quedan el bosque enano, los pajonales y el camino pantanoso. Hacia adelante el camino se inclina aún más y en lugar de pantano su superficie se compone de rocas rojizas intercaladas por una compleja variedad de musgos y líquenes. No ha pasado media hora y nos encontramos propiamente ascendiendo el cono volcánico, calculo que estamos ya a 4.400 m.s.n.m. y nos quedan solo 250 metros de altitud. La vegetación es ya inexistente y el viento revuelve constantemente la niebla que se abre a ratos y permite ver unos vistazos efímeros de la cima y las fumarolas de azufre contra un cielo azul.  Rápidamente todo se vuelve a tapar y la emoción se desvanece por el desgaste físico. Mis rodillas me piden pausas cada vez más frecuentes, algo particular ya que en otros ascensos eran normalmente mis pulmones quienes me pedían los descansos. 

Han pasado ya 20 años desde la última cumbre y se que la montaña me está poniendo a prueba. Aunque siento mis rodillas a punto de estallar, la paciencia de Noé y el deseo de llegar a la cima me mantienen motivado. El viento estaba ahora acompañado por oleadas de granizo que chuzan mi rostro como si fueran pequeñas agujas. Mis pasos son cada vez más lentos, como de procesión. Por mi mente pasan imágenes de feligreses cargando pesados santos en los festejos religiosos de Popayán.  A mi me pesa todo, hasta la cámara fotográfica.  El bastón que me había prestado Renata me es indispensable. Durante los últimos cien metros paso más tiempo descansando que caminando. Ninguna de mis cimas anteriores, el Nevado de Santa Isabel y El Concavito, en la Sierra Nevada del Cocuy, me habían recibido iluminadas por el sol ni enmarcadas por un cielo azul. El Volcán Puracé no es la excepción. La niebla cierra toda visibilidad y se que he llegado porque el suelo es ya plano y simplemente no tengo que subir más.

CSS_ECHAVARRIA_POPAYAN21.jpg

Cumbre del Volcán Puracé (cráter a la izquierda)
Cumbre del Volcán Puracé (cráter a la izquierda)

Paso un rato caminando alrededor del cráter.  La nieve es escasa y solo se acumula en lugares protegidos por rocas medianas. A 4.650 metros de altitud ésta no es de carácter permanente en estas latitudes tropicales. Transcurrida media hora decido que es prudente emprender mi regreso. Se que el descenso será muy lento por lo sensibles que se encuentran mis rodillas.  Al regresar a la sede del parque me siento exaltado por la recompensa al gran esfuerzo realizado y por los alegres elogios de los lugareños para quienes mi ascenso no deja de ser una pequeña hazaña. Por varios días el clima ha frustrado los intentos de varios grupos; la generosidad de la montaña es por lo general esquiva. Gozo de mis quince minutos de fama hasta que se agotan las pocas energías que me restaban. Son las cinco de la tarde, Renata y Bruno, quienes han llegado mucho antes, me acogen en la cabaña como a un hijo adoptivo, me tienen una cama organizada y me preparan bebidas calientes.  A las seis de la tarde caigo dormido hasta el otro día.


Información y fotografías del Macizo Colombiano en:  Alfredo, Tomás. El Macizo Colombiano, arca limnológica de Colombia. Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, Número 113, Volumen 33, 1978.

Datos biográficos de Federico Carlos Lehmann Valencia en: Londoño Díaz, Lelvinnova. Semblanza biográfica de Federico Carlos Lehmann. Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Bogotá. Vol.26, No. 99. Junio, 2002, p.-213-228

Reseña histórica y fotografías del Morro del Tulcán en: Cubillos Chaparro, Julio César. El morro de Tulcán, pirámide prehispánica: arqueología de Popayán, Cauca, Colombia. Revista Colombiana de Antropología, Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología, Vol. 8, 1959. p. 215-357.

Reseña sobre la Corona de los Andes en: Norman, Geraldine. Crowning Glory of the Andes. The Independent, Londres, 18 de Junio de 1995. 

Fotografías sin nota de fuente por Camilo Echavarría