Arte y política en Cuba en el nuevo milenio

Reseña breve

Febrero 16, 2018

Este es uno de varios artículos comisionados para ser publicados conjuntamente con el Seminario Fundación Cisneros 2018, Disrupciones—Dilemas de la imagen en la contemporaneidad.


I. Denominación de origen

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Tania Bruguera. El Susurro de Tatlin # 6, 2009. 10ma Bienal de La Habana. Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=B3KOV26APlM

Entre el cuestionamiento ético y el pragmatismo del mercado, el arte cubano del nuevo milenio se ha caracterizado por confrontar las limitaciones del control político en la isla. En parte asumiendo esa circunstancia como sello, marca o "denominación de origen" tan apetecible a la demanda foránea, y en parte aprovechando temas controversiales relativos a las restricciones informativas y las contradicciones ideológicas del gobierno revolucionario para posicionar una perspectiva crítica de la realidad nacional.

Esta situación no es  nueva y se remonta a los conflictivos y fecundos años ochenta, cuando diversas agrupaciones y experiencias –entonces emergentes– como Volumen 1, Hexágono, 4 x 4, Arte Calle, Puré, Grupo provisional y los proyectos Pilón, Castillo de la Fuerza y El Objeto esculturado, delinearon una agenda crítica cuyas secuelas se prolongaron al menos hasta la primera mitad de los noventa con la exposición Las metáforas del templo (1993), la revista “Memorias de la postguerra” (1993) y la creación de Espacio Aglutinador (1994), entre otras. 

El curador y crítico de arte Gerardo Mosquera describe este panorama del siguiente modo: “La transformación más importante que trajo el nuevo arte cubano –surgido en la isla desde fines de los años setenta- fue orientar la cultura hacia la crítica social y política (…). Desde mediados de los ochenta ocurrió el hecho insólito de que la plástica –sin salir de sí misma- sustituyó funciones propias de las asambleas y los medios de difusión masiva (totalmente controlados), convirtiéndose en un espacio para expresar los problemas de la gente”[1].

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Flavio GarciandÍa. De la serie Tropicalia. Fuente: http://micromuseo-bitacora.blogspot.com/2015/03/la-abracadabrante-vida-de-los-signos.html

El llamado “periodo especial en tiempo de paz” (1991-1997) reordenó las prioridades del país que debió enfocar sus esfuerzos hacia la sobrevivencia, hasta que la alianza con el gobierno bolivariano de Venezuela a fines de los noventa  y los acercamientos con el gobierno estadounidense en 2014, suavizaron la situación y forzaron una apertura controlada hacia los temas económicos que consecuentemente tuvieron su efecto en la rígida política cultural cubana. Ello permitió la creación de galerías comerciales y el consiguiente desarrollo de ventas y adquisiciones de arte cubano siempre bajo la tutela del estado.

Mientras esto acontecía, también se desplazaban los intereses del arte y los artistas en Cuba, implicando una redefinición en la manera de abordar lo político, ahora marcado por la impronta del mercado y la “correcta” asimilación del “glocalismo”. De hecho, Antonio José Ponte -escritor y vicedirector del Diario de Cuba- ha advertido “el surgimiento de una nueva clase de artistas en la cultura cubana, residentes fuera o dentro del país […], que se comportan como si ninguna lección de libertad extrajeran de esas ventajas” y “que ayudan a configurar una relación con el poder político muy semejante a la que un régimen como el de Vladimir Putin sostiene con el mundo del arte”[2].

II. Disonancias y disidencias 

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Lázaro Saavedra, Detector de ideologías,1989. Colección: Museo Nacional de Bellas Artes, Cuba. Fuente: http://www.srcorchea.com/srcorchea/2017/3/15/nueve-entradas-en-1989

Emblemático del clima de vigilancia y sospecha en la isla es el Detector de ideologías (1989) de Lázaro Saavedra (La Habana, 1964), un artefacto de factura artesanal –marca “Caribe” y “Hecho en Cuba”-  que alude al control doctrinario. Las agujas del insólito aparato registran una gama de comportamientos, tipificados como “sin  problema”, “problemático”, “contrarrevolucionario (consciente o inconsciente)” y “diversionismo”.

La sentencia que ha regido la política cultural cubana –“Con la revolución todo, contra la revolución nada”- demarca límites políticos que el gobierno ha manejado discrecionalmente, según la circunstancia. En la sinuosa línea que separa los permisible y lo punible, a veces estos brotes críticos son tolerados como ejemplo de la magnanimidad oficial, pero otras veces no. Según explica el filósofo y ensayista Rafael Rojas, "fenómenos como Kcho, Carlos Garaicoa, Los Carpinteros y Tania Bruguera, al margen de sus diferencias estéticas y políticas, comparten una estructura de circulación del arte crítico cubano en el mundo post-soviético, que obliga al Estado a transigir o censurar, a cooptar o reprimir".[3]

De ahí que los escándalos derivados de censuras, prohibiciones y sanciones han sido frecuentes. En 1988 se produjo el cierre prematuro de la exposición A tarro partido II de Tomás Esson, cuya propuesta fue considerada inapropiada por las autoridades cubanas dadas las connotaciones orgiásticas de algunas piezas y el uso irreverente de la iconografía revolucionaria”. En 1989 los artistas Tanya Angulo, Juan Pablo Ballester, José Ángel Toirac e Ileana Villalón decidieron suspender su exposición Homenaje a Hans Haacke en el marco del proyecto Castillo de la Fuerza por no aceptar una serie de exigencias del presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, quien solicitaba que se excluyeran algunas obras de la muestra. En 1990 el artista Ángel Delgado fue encarcelado luego de realizar un performance donde defecaba en una suerte de letrina improvisada con el diario Gramma, durante la inauguración de la exposición El objeto esculturado. Otro episodio controversial fue la detención y prohibición de salida del país a Tania Bruguera cuando intentaba reeditar su performance El susurro de Tatlin # 6 (2009), pero esta vez mediante una multitudinaria convocatoria a la emblemática Plaza de la Revolución, pautada para el 30 de diciembre de 2014, justo por los días en que Barack Obama y Raúl Castro promovían la reapertura de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.  

En los momentos de más alta tensión, la plástica cubana configuró tácticas de resistencia encubierta y camuflaje crítico que impulsaron la concepción de exposiciones como Es sólo lo que ves (1988) donde la abstracción funcionaba como maniobra evasiva y el evento La plástica joven se dedica al Baseball (1989) con la intensión de “desplazar el ´conflicto´ desde las instituciones culturales hacia un terreno difícilmente censurable”[4].

Desde los ochenta el arte en Cuba se ha debatido entre el posicionamiento crítico frente a las directrices del poder político y la implementación de una agenda donde prevalecen las políticas del arte y sus rituales. En cualquiera de esas orientaciones, las actuaciones del sector intelectual han estado sujetas a la mirada sospechosa de las autoridades cubanas. Esto significa que ha sido igual de problemática la pretensión de perfeccionamiento crítico del sistema político como la aspiración de un tipo de accionamiento autónomo, más allá del factor ideológico.

Hablando con propiedad, el arte en la Cuba  fidelista nunca ha estado explícitamente "contra la revolución", sino que ha desenmascarado las contradicciones manifiestas entre el modelo ideológico y la realidad. Ha cuestionado la burocracia, el culto a la personalidad, el aplanamiento de las expectativas individuales, la rigidez partidista, pero no los fundamentos del sistema político imperante. En tal sentido, como menciona Iván de la Nuez, curador, historiador y ensayista cubano en una entrevista, ha habido más "disonancia" que "disidencia".

III. Poética y política: ¿un ejercicio tautológico?

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Arturo Cuenca. Ciencia e ideología. Che, 1988. Exposición 'Iconocracia', CAAM, Palmas de Gran Canaria, 2015. Fuente: https://cubanosporelmundo.com/2016/01/28/iconocracia-respiro-caam-las-palmas-gran-canaria/

Plantearse una aproximación al vínculo entre las artes visuales y la política en Cuba durante estas casi dos décadas del siglo XXI es un ejercicio casi tautológico. El arte sigue formando parte de la agenda política cubana impelida por sostener el barniz humanista promovido  por la revolución desde 1959, y la política se mantiene como uno de los tópicos predilectos del arte insular que ha encontrado en ello un matiz distintivo. De manera que ambos programas se cruzan y ocasionalmente se complementan. Cierto es, sin embargo, que en el nuevo milenio la concatenación de ambas prácticas presenta matices diferentes en la medida en que las circunstancias de la vida en la isla han cambiado sensiblemente, tanto en materia doméstica como en sus relaciones externas.

No es posible acometer el análisis de un asunto tan complejo en breves palabras, razón por la cual en estas notas me he limitado a reseñar solo algunos aspectos resaltantes de la interacción entre las artes visuales y la política en la Cuba del nuevo milenio, subrayando propuestas o situaciones puntuales relacionadas con el tema.

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Los carpinteros (Marco Castillo / Dagoberto Rodríguez). Faro Tumbado, 2006. Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/artes-visuales/2015/08/21/colision-de-opuestos-en-el-marco#imagen-2

El Faro tumbado (2006) de Los Carpinteros (Marco Castillo, 1971 / Dagoberto Rodríguez, 1969), ofrece otra mirada crítica frente al verticalismo del poder en Cuba y su fracaso ideológico. La caída simbólica del coloso habanero, por muchos años considerado la atalaya luminosa del proyecto revolucionario, ahora yace en el suelo como una reliquia inservible. El performance la Conga irreversible (2012), realizado durante la XI Bienal de La Habana donde se combinan el populismo insular y el folclore criollo, remite al retroceso sostenido de las promesas revolucionarias.

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Wilfredo Prieto. Vaso de agua medio lleno, 2006. Fuente: http://www.soho.co/historias/articulo/arte-el-vaso-de-agua-mas-caro-del-mundo-por-wilfredo-prieto-en-feria-arco/37931

El polémico Vaso de agua medio lleno (2006) presentado en la Feria Arco (Madrid, 2015) por Wilfredo Prieto (Sancti Spiritus, 1978) ha funcionado como un detonador crítico tanto al interior del campo del arte y su valoración comercial como en su lectura política como un ejemplo de la ambigua probabilidad de que el acercamiento cubano estadounidense que se produjo en 2015 pudiera rendir frutos.

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Yoan Capote. Lección de diplomacia, 2015. Fuente: http://www.yoan-capote.com/es/artworks/escultura-e-instalacion/leccion-de-diplomacia-agreement-table

La serie Lección de diplomacia (2014-2015) de Yoan Capote (Pinar del Río, 1977) apunta hacia los protocolos de negociación bilateral, condenados al fracaso de antemano en tanto se afincan en posiciones de fuerza. Uno de los trabajos está compuesto por dos sillas de caoba tallada y lino, una al lado de la otra, con sendas narices en el centro de cada una. Otra de las piezas, con el subtítulo de “mesa de acuerdos”, está integrada por una mesa con tope de mármol en cuyo centro hay una sierra eléctrica.

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Jesús Hernández Güero. Una Nación en pocas palabras (fragmento), 2015-2016. Fuente: http://jesushdez-guero.wixsite.com/home/una-nacion-en-pocas-palabras-2015-2

En Una nación en pocas palabras (2015-2016) Jesús Hdez-Güero (La Habana, 1983) interviene un ejemplar de la última edición impresa de la Constitución cubana, suprimiendo el texto y dejando únicamente  los signos de puntuación, como si se tratara de un archipiélago de puntos, comas y espacios en el vacío.

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Francisco Masó. De la serie "Registro estético de fuerzas encubiertas", página 3, volumen I, 2017. Fuente: http://artishockrevista.com/2017/07/28/francisco-maso-surreptitious-stripes/

Registro estético de las fuerzas encubiertas (2017) de Francisco Masó (La Habana, 1988) combina paradójicamente abstracción y ocultamiento, poniendo al desnudo los patrones de vestimenta de las fuerzas encubiertas del régimen en una serie de pinturas donde reproduce los colores de las camisas de los "civiles uniformados" que reprimen las manifestaciones cívicas en Cuba.

En las artes visuales cubanas de las últimas décadas, poética y política han mantenido una interlocución permanente que se orienta simultáneamente hacia el interior del campo artístico y al ámbito público (ya sea local o foráneo), mediante la revisión y desmontaje crítico de los símbolos y estrategias del poder. Bajo este programa se agrupan una serie de prácticas de creación cuyo sentido y propósito se ubica entre el mito de una sociedad ideal y la flagrante incongruencia de lo real.


[1] Gerardo Mosquera. Arte y cultura crítica en Cuba (1999). En: El nuevo arte cubano. Antología de textos críticos. Editores: Magaly Espinoza y Kevin Power. España, 2006.  P. 195

[2] Antonio José Ponte. La putinización del arte cubano. elpais.com, 15 de julio de 2015

[3] En: La utopía y el adiós. Hipermedia Magazine, 2017.

https://hypermediamagazine.com/2017/04/19/rafael-rojas-la-utopia-y-el-adios/

[4] Tamara Díaz Bringas. En: http://www.srcorchea.com/srcorchea/2017/3/15/nueve-entradas-en-1989